El dedo en la llaga 

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Carmenza López, cuyo esposo fue secuestrado y luego asesinado por las Farc y a quien le enviaron el cadáver de otra persona, se negó a aceptar un abrazo de reconciliación que le solicitó la exguerrillera y senadora conocida con el alias de Sandra Ramírez. Con la voz entrecortada y sin ponerse de pie al acercársele la congresista, le dijo que, para que se dé ese abrazo, necesita primero conocer la verdad de lo que pasó con su marido.

Este hecho se presenta cuando el ambiente sigue cargado por la renuencia absurda de las Farc y de la propia senadora, a reconocer el reclutamiento de menores de edad y el abuso contra las mujeres en el grupo guerrillero. Sin proponérselo, las palabras de una de sus víctimas puso el dedo en la llaga: mientras las Farc no jueguen limpio y cumplan con los compromisos acordados, entre ellas, decir la verdad, no habrá verdadera paz.

No debe confundirse la firma de un acuerdo de un gobierno en nombre del Estado con una guerrilla, y la posterior desmovilización parcial y entrega de parte del armamento, con la paz. Aquellos eran necesarios para avanzar en el propósito de reducir la violencia, independiente de si se le fue la mano o no al gobierno anterior en concesiones. Pero, no reconcilia a las víctimas con sus victimarios, ni apacigua el dolor, ni entierra los odios.

La única manera que muchos colombianos y en especial las víctimas de las Farc, pasen la página y algún día se pueda afirmar que con esa guerrilla se logró al menos una paz a medias, es con un mínimo de justicia, una solicitud genuina de perdón de parte de los victimarios, y como se le pidió de corazón a la senadora, una verdad honesta de quienes hicieron parte de esa organización criminal. Si eso no ocurre, esa paz será de papel.

Será de papel, no en sentido literal, sino porque podrán disminuir los focos de violencia y narcotráfico por cuenta del acuerdo con las Farc -aunque la realidad parece ser otra- pero la sociedad seguirá fracturada: unos se sentirán tranquilos con lo poco o mucho alcanzado, pero otros, quizá la mayoría, concluirán a futuro que hubo impunidad, que los cabecillas nunca se arrepintieron del daño causado ni les importaban las víctimas.

Muchos nunca aceptarán lo acordado con las Farc y culparán al gobierno anterior de entregarle el país a la guerrilla -con lo que esto signifique- y allanarle el camino al poder a la izquierda. Pero otros, que también detestan a la guerrilla y aun no logran digerir el sapo del acuerdo de paz, pero guardan la esperanza que ayude a disminuir la violencia, están pendientes de que las Farc cumplan con su palabra y no sigan engañando al país.

Ese fue el mensaje que Carmenza López le dio a la hoy senadora, interpretando el sentir de muchos colombianos. Mensaje que infortunadamente no han querido entender o lo entienden, pero les resbala. Los de las Farc confían en que la JEP no los va a tocar; que nada les pasará si no confiesan los delitos atroces, no resarcen a las víctimas, y entregan los bienes y las caletas; ni tampoco, si insisten en negar el reclutamiento de menores.

La paz no se logra con abrazos y frases bonitas. Es con hechos y verdad judicial, no solo ante la JEP, ante el país, las víctimas y todos los colombianos. Las mentiras y el cinismo, la arrogancia y la indolencia de los exguerrilleros, empiezan a rebosar la copa. Si la JEP no arroja resultados pronto, con objetividad y sin el sesgo que la ha caracterizado, y si las Farc no cumple con sus compromisos, la indignación crecerá y se devolverá como un boomerang. Una cosa es la paz que todos anhelamos, y otra esta vulgar pantomima.

*ExMinistro de Estado 

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