Cuartos de hotel 

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Se acabó el bostezo en los cuartos de los hoteles. A gritos pedían que les permitieran abrir puertas y ventajas para consentir huéspedes. Esperan bellos o feos durmientes.

En ciertos cuartos de hotel parece que no hubiera vivido nadie. Otros dan la sensación de que han sido habitados por medio mundo.

Terminamos acostados con los fantasmas y pesadillas de quienes nos precedieron. Con sus penas y alegrías. Inevitable salir untados de otro.

Nos asomamos al espejo del cuarto y nos da la sensación de que nos estamos mirando muchos. El espejo es un palimsesto de los rostros que se han sicoanalizado frente a él.

En toda mirada al espejo nos acompañan  un aristócrata venido a menos, un ex pobre venido a más, ejecutivos estresados, un político graduado de soltero lejos de casa, el corrupto radiante que todavía no tiene la casa por cárcel, un asaltante bancario que dibuja el túnel que lo ayudará en su faena, un marido infiel. El menú es variado.

Los hoteles deberían ofrecer resúmenes biográficos de quienes han habitado los cuartos. Así sabríamos con quien compartimos fantasmas.

Hay una inevitable sensación de soledad acompañada en tales lugares. Alcanza uno a sentirse ciudadano de ninguna parte.

En esa pequeña claustrofobia somos ilustres desconocidos. Podemos disfrutar del encanto de ser notorios n.n. Nadie lamentará nuestra partida. Salvo si no pagamos la cuenta.

Una caja de caudales, empotrada en la pared, o instalada discretamente en el armario, nos invita desde su silencio de acero a depositar allí nuestra fortuna que haría sonreír a Bill Gates.

A la plantilla del  hotel la entrenan para servir, sonreír, olvidar.

 

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