Lo que va del error al delito 

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Por regla general, cuando alguien dice que ha cometido un error, ante lo cual tan solo pide el perdón, en realidad, lo que está buscando es aceptación o encubrimiento de la contraparte. Jamás olvidaré la última columna escrita por Umberto Eco apenas unas semanas ante de su muerte, intitulada “Denuncia de un Encubrimiento” (El Espectador. 2016), en la que manifiesta que cuando la gente dice que ha “cometido un error”, en realidad, lo que no quiere decir o admitir o reconocer es que ha cometido un delito o atropello, en especial, cuando se trata de temas de la política.

Cuando se busca la aceptación del “error” lo que se espera del ofendido es el perdón. Tal como cuando se dice que “el que peca y reza, empata”. Lo que busca (sin responder por el hecho) es quedar en cero (“borrón y cuenta nueva”) para, supuestamente, volver a empezar bajo el arrepentimiento una nueva vida. De esta manera se devela un trasfondo religioso dado que el “error” es tratado analógicamente como el “pecado”, que solo puede ser expiado por medio del arrepentimiento y de la concesión del perdón. Todo indica que desde una conciencia o subconciencia religiosa (“hacer el mal”) casi todos los truhanes y/o delincuentes, de cualquier pelambre, o de cualquier color político, una vez son cogidos con las manos en la masa terminan implorando, tal vez, de labios para afuera, el perdón de las dolidas víctimas o de los ciudadanos ofendidos.

¿Qué es un error? Un “error”, según el diccionario de la Real Academia, es “un concepto equivocado o juicio falso”, una “acción desacertada” o “una cosa que es hecha erradamente”. De esta manera el error se explica y hasta se justifica cuando el acto no es meditado o calculado. Es decir, el error es un hecho involuntario o azaroso que, incluso, puede afectar gravemente los propios intereses o la vida misma de quien lo comete. Lo que vemos con frecuencia es que se recurre al escudo del “error” para evitar las responsabilidades del caso. En realidad, vivimos en una sociedad en que de manera predominante la gente cree que solamente tiene derechos pero desconoce de manera deliberada que también tiene deberes y responsabilidades.

Decía Umberto Eco que se comete un error cuando un contador de dinero se equivoca al sumar o restar de más una columna de cifras, se comete un error cuando el cocinero accidentalmente pone otros ingredientes en un platillo, o se comete un error cuando el médico no acierta al diagnóstico de un paciente. En cada caso, la persona tenía la firme intención de hacer lo mejor o lo debido pero no lo logró y, en un principio, ninguna estaba consciente de su error. Incluso muchas veces el cinismo de no reconocer los hechos (decir la verdad) y la responsabilidad debida (asumir la justicia y el repudio social) se agrega como argumento que el “error” fue cometido “de buena fe”. Algo insólito. Así de sencillo.

De esta manera en Colombia corruptos, delincuentes, extorsionistas, secuestradores, políticos,  guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes, abusadores de la autoridad pública, etc., literalmente no cometen errores, dado que por lo general sus acciones como sus consecuencias son calculadas. Son deliberadas. Sin embargo, con demasiada frecuencia, se dice, aún en los estrados judiciales, que delincuentes y asesinos “cometieron uno o varios errores”. Quién engaña y comete abusos contra la gente no comete un cúmulo de errores sino un cúmulo de delitos. Así, por ejemplo, violar para luego obligar a abortar a una joven mujer, o tirarle ácido a la cara como resultado de un ataque de celos, no son errores; son delitos. Son crímenes. O como mínimo… horrores que deben ser repudiados social y judicialmente.

No parece nada fácil aceptar que Pablo Escobar cometió errores al enviar toneladas de cocaína a los Estados Unidos (amén de toda clase de delitos cometidos en Colombia); O, si se quiere, que A. Hitler cometió solo graves errores de un tamaño universal. Decir que estos reconocidos malhechores cometieron “errores” es un eufemismo desvergonzado, que encubre o intenta minimizar la debida responsabilidad ante sus dañinas acciones. Es considerarlos algo así como si fuesen niños que solo querían el primero contar bultos de dólares, o el segundo, crear un imperio para jugar a la guerra con sus amiguitos.

Es la hora  (si de verdad se quiere la Paz) que todos los actores de la violencia digan los hechos tal como ocurrieron. De no hacerlo, una vez más, se vulnera la dignidad de las víctimas y se engaña a toda una sociedad. Al mundo entero. En este sentido, son eufemismos encubridores el decir “ejecución extrajudicial” en vez de falso positivo, “homicidio colectivo” en vez de masacre, “narcoterrorismo guerrillero” en vez de conflicto armado, etc.; es también un eufemismo pedir perdón por las acciones violentas, o delictivas o criminales que fueron cometidas bajo cualquier causa o bandera. Lo que la gente (víctimas o personas colateralmente afectadas) requiere es la verdad y, consecuentemente, la justicia. Tal vez así sería posible que las víctimas y la sociedad en general perdonen.

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