Sobrevivientes  

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Volvieron la libertad, la calle por cárcel, el despelote. La gente salió –salimos, porque yo también soy gente- a desatrasarse del forzoso sabático.

El cauteloso Noé envió una paloma a  averiguar si el diluvio se había retirado a sus aposentos Tuta. En Colombia  todos volamos a constatar si se había esfumado el coronavirus.

El bicho está ahí pero ni las personas, ni la economía, nadie resistía más las cuatro paredes. Preferible hacer valer el seguro exequial a continuar enclaustrados.

Todas las voces nos recuerdan la  necesidad de respetar protocolos, conservar distancias, invertir en jabón, esconder el estornudo. El codo tiene nuevas responsabilidades: saludar y pedir el ascensor.

La recomendación era – es – salir sólo a lo necesario. Pero preferimos ejercer el derecho a desobedecer. Que nos hayan aflojado las riendas  nos envalentonó. (Recobrado el libre desarrollo de la personalidad nos quejamos porque nos abrieron puertas y ventanas. También ejercemos el derecho a la contradicción).

Hasta nueva orden seguiremos uniformados con el tapabocas que nos niveló por lo bajo. En adelante se hablará de antes y después del coronavirus.

Parece que todo cambió para que no cambiara nada. Como las golondrinas, volvieron los trancones.  Albricias: los aviones se tutean con el viento y recuperan la perdida memoria aérea y aterrizan. La cocina del restaurante tiene cierto tufillo libertario.

Todavía no podemos darnos besos ni abrazos de oso. ¿Lo hemos hecho  tan mal que no podemos besuquear a nuestra red de afectos?

La tecnología nos salvó del naufragio total. Gracias a las distintas plataformas hemos podido ver y no tocar al prójimo.

Los niños son los  grandes damnificados por la pandemia.  Jacobo Faciolince, de 8 años,  le pidió al presidente  Duque reabrir los colegios. “Queremos recuperar la alegría”, le dijo. Le presentaré a su contemporánea, mi nieta Sofía, que extraña a sus amiguitos.

El turismo recibe respiración boca a boca. Las habitaciones de hotel añoran huéspedes para consentir. Los espejos, palimsestos de caras, esperan sumar nuevos rostros.

Los templos vuelven a tener feligreses que terminan su dieta evangélica y se meten la mano al dril. Dios también paga arriendo, nómina, servicios.

Reaparecen mendigos en las calles. ¿Cómo vivieron  estos seis meses?  El semáforo vuelve a ser un circo al sol enriquecido con acróbatas que nos regalan su arte a cambio de nuestra tacaña solidaridad. Vuelve el fútbol sin hinchas, algo tan exótico como un poema sin lectores.  La vida se empeña en meterse por debajo de la alfombra.

¿Salimos bien librados de la pandemia? Difícil dar un parte de victoria. Lo de ser mejores queda como  asignatura pendiente. Somos eternos procrastinadores.

Masacres, robos, atracos, corrupción, están a la orden del día. Mechoniadas como las del alcalde Quintero y su antecesor, Fico Gutiérrez, nos tienen divididos miti-miti.

Los sobrevivientes hacemos historia por culpa de Covid-19. Hay mejores formas de convertirnos  Eróstratos modelo 2020. El sermón ha terminado. Amén.

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