¡Que liberen la verdad! 

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El secuestro más largo y doloroso que ha padecido Colombia es el secuestro de la verdad. Custodiada por las cadenas del miedo que, aun hoy décadas después, siguen manteniendo aprisionadas a muchas de sus víctimas. Verdad, celosamente guardada en la memoria de quiénes la padecieron y mimetizada en múltiples narrativas públicas de los captores, que encontraron eco y amparo en un sector de la dirigencia que ha contribuido a distorsionarla, a justificarla y a instrumentalizarla, para favorecer diversidad de intereses particulares, incluida la corrupción originada en el narcotráfico.

Pero, esta semana, se produjo una carga de profundidad, en el corazón mismo de la Comisión de la Verdad: el testimonio de Íngrid Betancourt sobre su secuestro.

Dibujó con maestría, dignidad y profunda serenidad espiritual un crimen atroz. Desnudó la verdad, despojándola de vestiduras ideológicas. Duele mucho escucharla y reabrir esas heridas. Es una invitación para atrevernos a hacer los duelos que hemos dejado inconclusos y empezar a exigirle a los múltiples y diversos captores que ¡liberen la verdad de su largo cautiverio!

Este testimonio debe ser escuchado por Colombia entera y especialmente, por quiénes la tuvieron cautiva, solo descendiendo juntos a las zonas más oscuras y vergonzosas de la historia se abre la posibilidad de una reconciliación real.

Así definió Íngrid Betancourt, ante los comisionados de la verdad, el delito del que fue víctima: “El secuestro no tiene fecha de vencimiento. No se acaba el día de la liberación. El secuestro es un asesinato. La persona muere de una muerte lenta y si tiene la fortuna de salir vivo, la persona que sale es distinta a la que entró. Es otra persona. Quien fue, ya no es”.

“Es una expropiación de la identidad, un descuartizamiento de la dignidad, una anulación del ser humano, una tortura. Una especie de exilio de lo más íntimo. Una soledad de deshumanización donde no se toca fondo. La persona se pierde. Se olvida de quién es. Se olvida de quién fue. El daño es irreparable…El secuestro es el peor de los crímenes porque los incluye todos y para siempre”.

¿Cómo ve Íngrid a las Farc reinsertadas y al país que los acogió? A las Farc las llama a “no maquillar la verdad, no maquillar el horror. Ni siquiera pueden confrontar su propia verdad”. La invitación que les hace es salir de la negación, dejar atrás el miedo y bajarse de sus pedestales. “Definir si quieren seguir mintiendo o si quieren reconocer la verdad. Eso es caminar hacia la paz”. Y a los interlocutores de las Farc en la sociedad, los invita a no ser paternalistas: “De la misma manera que se les admite la transición a lo bueno, exigirles que jueguen el juego a cabalidad”.

El testimonio de Íngrid Betancourt, situado por encima de las ideologías y la manipulación, devuelve la esperanza en una paz que deje de instrumentalizar el dolor de las víctimas, que deje de culpabilizarlas y revictimizarlas, que las saque del juego político e ideológico que busca desaparecer la verdad y les retorne la dignidad, hecha pedazos.

En la legitimidad que tienen las palabras de Íngrid Betancourt y en su negación a reunirse con las Farc, hasta no ver motivaciones sinceras, está el grito simbólico de millones de colombianos que esperan gestos de humildad. “Cuando tengan humildad, los muros se derrumbarán”.

*Periodista*Defensora de DD.HH 

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