Maxiconflictividad 

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Ya no sé cuántas columnas he escrito sobre este tema, ni cuántas conferencias y menciones he hecho del mismo. Tengo bien sabido que este ejercicio intelectual es normalmente estéril. Frustrante. Pero es una lección que se aprende tempranamente. Y con todo, uno insiste en tan inútil ejercicio, como lo ilustra que vuelva a escribir sobre el asunto, ahora y, seguramente, dentro de un año y más adelante. Es la naturaleza del oficio.

En Colombia el Acuerdo de Paz no abrió esa etapa que unos y otros denominaban postconflicto. En ningún caso. Lo que se pactó en el Acuerdo fue la protesta social como sustituto del conflicto armado. Es decir, el conflicto político, social, económico (ojalá no étnico ni religioso). Una dimensión propia de la democracia. Orden y libertad. Gobierno y posición. Consenso y disenso. Democracia.

Son muchas las páginas del Acuerdo que se refieren a este tema. El Gobierno había demostrado, por fin, que contaba con una Fuerza Pública capaz de preservar las instituciones democráticas, como lo hizo gracias al Plan Colombia, en el cual Estados Unidos jugó un papel fundamental en particular como resultado de la ley que autorizó usar su ayuda para combatir el narcoterrorismo y no sólo las drogas ilícitas. El narcoterrorismo que después del 11 de septiembre se convirtió en el nuevo enemigo en el nivel global.

Pero esa ventaja ocasional, en un momento clave, que propició el acuerdo final y la desmovilización de las Farc, el mayor éxito de la política exterior de Estados Unidos en el Siglo XXI (el Plan Colombia) no garantizaba que después del Acuerdo, las instituciones colombianas, su democracia, estuvieran preparadas para lidiar con la maxiconflictividad resultante, como ha quedado bien claramente demostrado en las sucesivas manifestaciones de esa maxiconflictividad, una terrible, la de la semana pasada.

Es bien claro que la maxiconflictividad no incluía el uso sistemático del vandalismo, ¿una forma nueva de guerrilla urbana? ¿Y acaso tenemos el entendimiento de este nuevo escenario? ¿Y los medios de comunicación tienen claridad al respecto? ¿La ciudadanía? ¿Los empresarios y sus gremios? ¿Y, en general, la sociedad civil?

Maxiconflictividad con vandalismo es lo que vamos a sufrir, en adelante. Ojalá eso se comprendiera suficientemente para interpretar bien lo que está ocurriendo, para informar apropiadamente y para entender las tensiones inevitables entre agencias gubernamentales, cómo lo que está sucediendo forma parte de la competencia por el poder, por el control del Estado y de la sociedad.

Sé que soy un iluso. Pero, repito, este es el oficio, el que ejerzo desde hace mucho tiempo.

Se requiere un equivalente político y social del Plan Colombia. Y eso, debo decirlo, no va a ocurrir. Necesitamos una estrategia iluminada de desarrollo político.

Un proceso de paz consiste en esencia en transformar una guerrilla en un partido político previa la desmovilización. El gran error de la paz belisarista fue haber permitido la coexistencia de un partido político creado por las Farc, la UP, con la actividad guerrillera. Jamás debe permitirse la combinación de las dos formas de lucha, la política y la violenta. Ahí está el tema.

La paz incompleta, o sea, con las mal llamadas disidencias de las Farc, con las nuevas Farc promovidas por ‘Iván Márquez’ y ‘Santrich’ y el Eln, están generando una situación tan compleja como la que surgió con la paz belisarista.

*ExMinistro de Estado 

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