El flagelo de la inseguridad 

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Creería, dados los pocos avances en materia de seguridad, que nuestros mandatarios no entendieran o no quisieran comprender que la seguridad es valor fundante sin el cual desarrollo y crecimiento son un cero a la izquierda. Pareciera que no les asiste ningún interés, voluntad ni decisión para frenar las una y mil formas de la delincuencia. Y no es que considere que es ella culpa exclusiva de los gobiernos actuales, sino que es además, el resultado de un cúmulo de administraciones de sembrar pobreza física y moral, corrupción, dislates, impunidad y un extenso etcétera.

Pecan con suficientes agravantes nuestros actuales gobernantes cuando se empeñan grosera y tercamente en minimizar el problema, y peor aún cuando deliberadamente lo articulan a maquinaciones políticas, se hacen los de oídos sordos frente a las víctimas que crecen día con día, o pretenden resolverlo todo con arrogancia, lo que agrava el problema.

Seguimos inmersos en una violencia que desdice del mundo civilizado, la cual se afianza desmesuradamente con un nuevo lenguaje que se expresa de mil maneras instalando miedo y desconfianza lo cual contamina y contagia a la sociedad en su conjunto y compromete el porvenir.

El clamor de todos es que salgamos de ella, se combata y controle, que en proporción a nuestra población, reduzca sus índices de acción. Necesitamos en seguridad pública reducir sus embates, aunar voluntades, extirpar resentimientos. Necesitamos asociados más allá de la política, que todas nuestras fuerzas vivas se sumen en su solución, conversar con las víctimas, familiares de las mismas, detractores, adversarios y demás otros actores que directa indirectamente tocan con tan grave flagelo. Es reunirse a dialogar, argumentar, debatir en la procura cierta de sumar soluciones, a ver si por fin empezamos a ser solución y dejamos de ser parte del problema.

Es establecer acercamientos que lleven a sustanciales cambios de políticas que nos conduzcan a soluciones tangibles, lo que sería reconocimiento del otro, germen de convivencia y un robusto como real combustible de la democracia. Un mayor y mejor control de la violencia nos haría más que bien, lo que sugiere prontos acercamientos que determinen grandes posibilidades de solución. No perdamos de vista, por mínimas que sean los desmanes causados por la violencia, que las estadísticas señalan el problema de forma incompleta, toda vez que todos los días se ensayan nuevas formas de barbarie, lo que cultiva angustia y contagia desesperanza. Interesan trabajos de fondo en tal combate, y la adición de todos sin excepción. [email protected] *Jurista

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