Impensable 

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Qué desconcierto. Qué tristeza. Qué desilusión. Nunca he ocultado mi admiración por lo que Estados Unidos ha significado en la historia de la humanidad. Tempranamente, en mi carrera universitaria enseñaba el curso de Política Comparada en el cual presentaba el fundamento de los sistemas políticos de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Y, luego, por fortuna tuve el privilegio de cumplir funciones diplomáticas en estos tres países, en ese orden.

Hoy me pregunto, ¿y si tuviese que volver a enseñar esa materia, qué diría? ¿Qué textos utilizaría? Eran modelos diferentes pero, en todo caso, dignos de admiración por diferentes razones.

En los últimos años he leído por lo menos cinco libros que describen los diferentes comportamientos de Donald Trump, como miembro de familia, negociante, estrella de televisión y presidente. Todos generaban profundo impacto. Pero -no es sorprendente- ninguno me produjo esta enorme sensación de que algo catastrófico está ocurriendo en esa gran nación, que nos está afectando a todos y que nos puede golpear muy gravemente. El debate entre Trump y Biden, pero mucho más aún los comentarios que al respecto leo en los medios estadounidenses o en la prensa latinoamericana y europea. Y me interpelo: ¿Por qué los libros no me impactaron de igual manera? ¿Acaso no eran implacables y coincidentes? Tal vez es el resultado de haber compartido en tiempo real, con más de cien millones de televidentes, una experiencia que reafirmaba todo lo que sabíamos pero que además revelaba la crisis colosal de un sistema político encarnado, en esa hora y media, en dos personalidades del más alto nivel mundial, el representante actual de la nación más poderosa y el que fuera vicepresidente de la misma durante ocho años y distinguido senador durante varias décadas.

Biden es sensato, prudente, equilibrado. Terrible que lo hubieran sometido a tan deprimente espectáculo. Él estará muy bien rodeado.

Lo que vimos es el ejemplo del impacto de la tecnología de las comunicaciones en nuestro tiempo. La confianza y la verdad, dos elementos claves de la vida democrática están desapareciendo. No se puede creer en muchas de las cosas que se dicen aún desde el más alto nivel. Y así la confianza en las instituciones y en la autoridad se esfuma.

Más deplorable aún que el Presidente de la democracia que enaltecí siempre, ponga en tela de juicio el proceso electoral, la obligación -que no se pone en duda alguna- de entregar el poder si así lo indica el resultado electoral, ¡o que contemple la opción de que la Corte Suprema o la Cámara de Representantes (un voto por Estado) decida quién ganó!, o que sin vergüenza, diga que los demócratas no pueden ganar sino en virtud de un fraude que desde ya anticipa. Y qué perplejidad ocasiona que los medios de comunicación establezcan un detector de mentiras para ayudar a los ciudadanos a valorar lo que se dice.

Jamás la democracia se vio más amenazada en uno de los países que la proclamaban y defendían, como el que más. Un evangelio político. Nunca he leído calificativos más fuertes y denigrantes para describir a un candidato presidencial o a un Presidente. ¡Qué inusitado saber que ciudadanos eminentes y del común se preguntan hacia qué país sería mejor emigrar!

Todo esto y mucho más es impensable. Pero ahí está. ¡Impensable!

*ExMinistro de Estado 

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