El sueño del fraile 

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Modestia apártate, pero en este momento el papa debería ser yo, no el che Francisco. Lo digo porque en octubre se cumplen 90 años de la fundación del Colegio Apostólico, nombre de la fábrica de hacer frailes que tienen los agustinos recoletos en La Linda, cerca de Manizales. Allí di mis primeros pasitos teológicos.

A los doce años me ilusionaba el papado. No me tramaba el cielo porque el cielo éramos nosotros. Los somos todos en la infancia. Somos el infierno cuando pateamos la ética y la estética.

Fui elegido pero no escogido pues salí del claustro en menos que se persigna un cura pedófilo. No me “buliniaron” esos bárbaros cuando fui seminarista. En La Linda no los había.

El padre Iván Vásquez reclutó a varios que hacíamos las veces de “anticristos” de la calle cerca de la Iglesia de San Nicolás de Tolentino, en Berlín. Éramos tan necios que hasta cana me tocó pagar.

El carcelazo de minutos fue por jugar fútbol en la calle. Me alcanzaron a meter en la bola, el terrorífico carro de la policía. Utilicé la dialéctica de la lágrima y desde entonces tengo la calle y la libertad por cárcel.

Las orientaciones que recibimos en La Linda nos sirvieron para ahorrarnos costosos abogados, duchos en prescripciones y en leguleyadas para coronar la casa por cárcel cuando los clientes son pillados con las manos en el bolsillo y las ilusiones ajenas. Aprendimos a vivir con esa austeridad en la que nada falta pero se ronca mejor.

Los frailes nos alborotaban las ganas de escribir con clases de español y redacción. En mi caso, los agustinos perdieron un papa pero aportaron en la formación de un aplastateclas.

La vocación nos la inventaban los padres. La moda era tener un cura en casa. Los taitas se ahorraban una boca y salían de traviesos que desarmaban el átomo para indagar si le daba frío.

De San Agustín, el fundador, suele hablar el padre Hernando Uribe cuando les pone los cuernos a sus amados Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

El padre Hernando  dice por ahí: “San Agustín escribe en el silencio y la oscuridad de la noche. Lo que escribe me produce un asombro indecible. Al leer me queda la inquietud de saber si yo gobierno mis sentimientos o me gobiernan ellos a mí…” .

Durante tres años, un mes y ocho días lucí el hábito de pichón de fraile agustino. No me aburrí un segundo. Llegué a Manizales en avión Superconstellation de Avianca. Regresé a casa con mis corotos en bus de la flota Arauca. Los sueños teológicos habían terminado.

En la pandémica celebración de los 90 años brindemos con vinillo de consagrar y con cantos gregorianos que escucho mientras redondeo estas líneas.

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