Chile: “sin Dios y sin ley” 

Dos estremecedoras imágenes notifican hoy al mundo católico lo que se pretende derrumbar en el plebiscito del 25 de octubre en Chile. Es mucho más que la Constitución. El impactante desplome de la cúpula de la iglesia de la Asunción en llamas, destruida e incendiada por encapuchados, mientras decenas de manifestantes celebraban el hecho con bailes, gritos y aplausos, como uno de los actos de conmemoración del primer año del llamado “estallido social” y la vandalización de la estatua de la Virgen María en el municipio de Pirque, pintada con letreros pro aborto y un pañuelo verde en su boca, comúnmente usado en campañas abortistas, advierte que la Iglesia católica es blanco directo de la revolución que se propaga por el continente y que sistemáticamente se reeditará en nuestros países.

“Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” recordaba Jesús en el Evangelio de esta semana. Hay una división clara entre los intereses terrenales y los intereses divinos.  Entre Dios y el César. Entre la política de los hombres, asociada al poder terrenal, y los asuntos de Dios. Es inevitable preguntarse:

¿Qué pasa con los sectores de la iglesia, en países como Colombia, que en nombre de Dios impulsan causas políticas que, agazapadas tras la reivindicación de derechos fundamentales, buscan imponer ideologías a favor del aborto, la eutanasia, que atacan a la familia cristiana, desprecian la historia, promueven la confrontación y, al llegar al poder, lo primero que hacen es desaparecer a Dios de la Constitución y de la vida de los hombres?

Son muchas las causas justas que lanzan a la gente a la protesta social en Chile: La desigualdad, la inconformidad ante la acumulación de la riqueza,  mejorar las pensiones y el sistema de salud. Una inconformidad represada por los abusos de algunos dirigentes y la pérdida de credibilidad de las iglesias católica y evangélica por los escándalos de abusos sexuales y algunos casos de corrupción en las fuerzas armadas, entre otros.

Sin embargo, lo grave es quiénes están detrás, instrumentalizando esas justas reivindicaciones, movilizando emociones en las redes e incitando a la revuelta vandálica con fines ideológicos. Lo más delicado es la penetración de los jóvenes, que no conocen la historia y que, en Chile, son hoy los principales protagonistas de los incendios, asaltos a los comercios, destrucción de bienes públicos y enfrentamientos con los carabineros. Jóvenes de barrios populares y universitarios adoctrinados en el anarquismo y el comunismo, con el agravante de un alto consumo de drogas y alcohol, como se vio hace un año en la icónica plaza Italia. Todo lo que une, como la fe y los valores nacionales, busca ser desaparecido.

Así celebró una joven chilena en su twitter la caída en llamas de la cúpula de la iglesia de la Asunción: “La única iglesia que ilumina es la que arde”. Y la mayoría del pueblo chileno atemorizado y atrincherado. Como bien lo define Lidia Eliana Pizarro, exalcaldesa de  la Comuna de Santa Cruz: “Hoy en mi país la juventud no respeta Dios ni ley. Para ellos la autoridad no existe”.

*Periodista*Defensora de DD.HH. 

 

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