Aguacero de divorcios 

No sé por qué varias personas me han llamado a preguntarme sobre el matrimonio y los efectos que trae en nuestras vidas. Yo no soy psicólogo, pero me gusta compartir mis aciertos y errores. Los que me han llamado son esos amigos que llevan un tiempo casados pero que, con ocasión de un confinamiento, aislamiento y posterior levantamiento, han iniciado considerar tomar decisiones que afectan la estructura familiar.

Me piden consejos para intentar llevar una relación amorosa que perdure en el tiempo.  Yo me he limitado, cuando me solicitan ese tipo de consejos, a decir lo que aprendí en la homilía de mi matrimonio: “El matrimonio es un pacto en donde le juras fidelidad a tú esposa ante DIOS”. “Si la pareja coloca a Dios en primer puesto no fracasará. Si sitúan al mundo en frente y la espalda se la dan a las facetas espirituales muy seguramente naufragará en algún momento la relación”. Este es un criterio altamente cristiano, pero intentaré dejar de un lado el tema religioso y abordaré las connotaciones que tiene una vida matrimonial junto a tu esposa y lo especial que ella debe ser para ti.

Últimamente he visto muchas separaciones y posteriormente el divorcio. Lo anterior tiene relación con el porcentaje de separaciones en el país que va en aumento. Anteriormente el número de matrimonios que cesaban eran el equivalente a la tercera parte de los que se celebraban. Este año será la cifra del 50%. Lo que va corrido de la presente anualidad se han celebrado 17,829 matrimonios y se han divorciado 8.814 parejas. Cifras nada alentadoras.

Nadie está exento de ese final infeliz cuando los esposos se dicen adiós y culmina los sueños de una pareja que se juró amor hasta cuando la muerte los separara. Reitero, nadie está excluido de esa posibilidad. Ni siquiera aquellas parejas que consideran que el amor es interminable. En cualquier momento llega la flaqueza corporal, se doblega el espíritu y comienzas por traer a tu hogar la energía de otra mujer. Allí comienza el fin de la relación. Así comienzan todas las separaciones.

No podemos buscar amor perpetuo cuando se vive con una multiplicidad de parejas. Los ojos del amor no requieren constatar infidelidad física ya que ellos ven hasta lo más oculto; y muchos más los de una mujer. La infidelidad se siente, aunque no se vea.

Hace unos cuantos años tuve la oportunidad de conocer a un gran hombre. Su esposa había fallecido después de haber luchado contra una penosa enfermedad. Recuerdo que me dijo después de haberme relatado su vacío, que su esposa fue su gran tesoro. Que ningún otro ser en el mundo tendría la posibilidad de llenar ese espacio tan especial. Me afirmó que ella se fue después de haberle dado un fuerte abrazo y dejó de respirar. Cuenta él, que le susurró en su oído un dulce te amo y partió. Desde ese momento anda errante por el mundo sin encontrar consuelo. Me dijo mi amigo, después de haber cumplido siete décadas, que su esposa fue su soporte y que su único sostén era su recuerdo.

Durante la preadolescencia y adultez conocemos diferentes mujeres que terminan por enseñarnos algo en la vida. No hay que gastar mucha energía en ese momento. Ni ellas ni nosotros. El noviazgo debe ser una preparación para el matrimonio, no el escenario para los excesos como si la vida fuese a terminar. Por el contrario, apenas inicia. Algunos ya llegan cansados a ese momento. El consejo es llegar con la mayor energía para ese encuentro espiritual y corporal llamado matrimonio.

Toda mujer que conocemos en el noviazgo nos deja alguna enseñanza. A ellas toda nuestra gratitud. No obstante, para tu esposa no pueden existir agradecimientos sino ríos de sentimientos de amor y pasión. Ese es el momento para utilizar la energía de esta vida. Sólo con ella. En ese momento deja caer esa cascada de pasión. Inunda a tu mujer con esa fuerza insaciable. No gastes tú ímpetu antes de que el río encuentre su cauce. Desbórdate en amor y pasión para que te inunde la frase “te amo” en tu casa. Que esas dos palabras semimágicas sean como el respirar diario y se repitan cada minuto. Solo así serás dichoso junto a ella. Ahora es el momento, así sea un confinamiento y/o aislamiento que tú no pediste. Cierra esa llamada indeseada que sólo trae problemas.

La mejor forma de demostrar que tuviste una excelente madre es respetando y amando a tu esposa. De ella se aprende que terrenalmente no hay nada más elevado que la mujer representando primero en tu madre, luego en tus hermanas y posteriormente en tu esposa e hija. Amar a tu mujer implica que tuviste personas con una grandeza espiritual que te enseñaron a respetar en todas tus dimensiones al sexo femenino.

A tu esposa quiérela, adórala, no esperes que sea perfecta, pero intenta tú ser perfecto. Solo así comenzarás por colonizar su alma, que, por cierto, no es nada fácil. Casarse es un gran paso, mantener el amor con una llama insaciable es una misión diaria que le corresponde al hombre como eje de su hogar. No en vano dice la canción de Tito Rojas:  Es mi mujer, que puedo hacer yo la elegí una entre mil y así la quiero, es mi mujer, que puedo hacer tan especial que nunca, nunca habrá otra igual.

Frase sabia, “nunca habrá otra igual”. Por eso mi amigo, el camino no es el divorcio. El único camino que existe es seguir amando a tu esposa, respetar su espíritu, alma, corazón, fidelidad recíproca y mucho pero mucho amor.

Así que deja de estar quejándote del aislamiento y confinamiento. Aprovecha este tiempo para cerrar la puerta que nunca has debido abrir e inicia una nueva vida con tu mujer.

Ámala porque tu esposa es y será única, sublime e irrepetible.

*Abogado  

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