Horacio Serpa 

Horacio Serpa fue el último liberal del siglo XX. Con los bigotes de Uribe Uribe y el garbo oratorio de Gaitán. Ese hombre de provincia, hijo de un tinterillo y de una maestra, que ocupó las más altas dignidades de la República y a quien solo le faltó llegar a donde la democracia no se lo permitió. Se nos fue sin cumplir el sueño de ver a su Colombia con la paz que añoran las mayorías. Es el claro ejemplo de cómo alguien sin apellidos logra escalar dignidades desde juez, alcalde, procurador, concejal, diputado, congresista, ministro, procurador, y sobre todo amigo fiel, solidario y escudero

Le tocó estudiar derecho en Barranquilla, una ciudad abierta al forastero, porque deseaba encontrar en el Caribe aquellos horizontes que su Santander no le ofrecía.

Fueron muchos los debates que Serpa protagonizó en el Congreso en defensa de esa clase de la que venía y que jamás olvidó. En los gobiernos de Barco, de Gaviria, de Samper fue el vocero de su clase. Pero la democracia muchas veces falla.

Para Serpa la búsqueda de la paz era el camino de lograr la grandeza de Colombia. Ahí sí no tenía partido. Estuvo con Belisario Betancur cuando con la comisión de paz fue a Casa Verde. Con Barco estuvo como comisionado de paz desde el propio Palacio Presidencial. En Tlaxcala, en México, durante el gobierno de Gaviria, trató infructuosamente, de convencer a las Farc, de lograr un acuerdo. Después como candidato, también la buscó pero el pueblo le dio la espalda. Prefirió el reloj de Pastrana.

¿Y qué decir de Serpa en la Constituyente de 1991? Fue quien logró contemporizar al nuevo Álvaro Gómez, quien deseaba mostrarse como un hombre abierto, distinto de la herencia conservadora de los años cincuenta, con un movimiento subversivo, el M-19, que buscaba –como Serpa—la reivindicación de las clases populares.

La democracia le quedó debiendo a Serpa la Presidencia y la justicia, su absolución

*Abogado*Historiador*Periodista 

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