Nuestro presidente 

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El tema es viejo. Recientemente, en la contienda Gore contra Bush (2000) ya el sistema electoral dio señales de inadecuación para nuestro tiempo. La Corte Suprema en una decisión 5-4 superó el enredo.

Realmente un magistrado.

Y en la elección Kerry-Bush (2004), el problema fue obvio. Un informe fue promovido por John Conyers, representante demócrata de Michigan, sobre lo que había ocurrido en Ohio (What went wrong in Ohio). Se esperaba que el demócrata Kerry ganara, pero Bush obtuvo la victoria. El informe encontró “numerosas y serias irregularidades en la elección presidencial en Ohio”.

Y Hillary Clinton, que perdió frente a Trump, habiendo obtenido casi tres millones de mayoría en la votación popular, en su libro ‘Qué Pasó’ (2017), plantea cuatro pasos que deben darse para restaurar la confianza en el sistema electoral: 1-Averiguar qué ocurrió con la interferencia rusa. 2-

Aprender a contrarrestar este tipo de guerra cibernética. 3-Hay que ponerse fuertes frente a Putin, como lo hizo el presidente Macron,

estando a su lado en París. 4-Hay que contrarrestar el asalto contra la verdad y reconstruir la confianza en nuestras instituciones (pp.170-2).

Se dice que la Florida introdujo reformas que, por ejemplo, le permitieron dar los datos electorales con rapidez y, al parecer, sin disputas legales.

Este proceso electoral ha profundizado la grave polarización que vive la gran nación estadounidense. Polarización que adquiriría dimensiones aún más peligrosas si Donald Trump permaneciera en la presidencia. Hay un formidable contraste entre el comportamiento suyo y el de Joe Biden frente a los resultados electorales. Se esperaba que ambos respetarían una regla fundamental. Ninguno se declararía ganador y esperarían el proceso de conteo de votos. Declararse vencedor, denunciar, como lo había hecho Trump desde hace meses, un fraude por parte de los demócratas y pedir que no se contaran más votos, es un comportamiento que desdice de la responsabilidad de un candidato y, aún más, de la de un presidente. Biden ha dado el ejemplo opuesto. Y en sus mensajes ha tenido buen cuidado de invitar a la serenidad, de proclamar la necesidad de unidad y reiterar que será Presidente de todos los americanos, de quienes votaron por él y de quienes no lo hicieron así. Y sobre la necesidad de trabajar juntos. Volver a la admirable tradición americana que saluda al ganador como “nuestro Presidente” y no como “mi Presidente”. Así de sencillo. Pero de colosal significación en una democracia liberal. Igualmente ha rechazado, en consecuencia, la concepción perversa que ve a los adversarios como enemigos.

Sacar a Estados Unidos de la polarización es la principal tarea del ganador que ojalá sea Biden como parecen indicarlo los datos.

Es evidente que este proceso electoral ha mostrado las debilidades y las fortalezas de la democracia liberal americana. El probable triunfo de Biden es un paso muy positivo y de significación mundial para superar la crisis que viene sufriendo la democracia liberal en el mundo.

No se puede negar -y es parte de la crisis- que el presidente Trump tuvo un desempeño muy notable no obstante sus comportamientos tan contrarios a las tradiciones democráticas. El partido Republicano ha obtenido resultados que seguramente nunca ha alcanzado. No es osado advertir que connotados republicanos no compartirán -como ya ha venido ocurriendo- su comportamiento muy poco presidencial y democrático.

*ExMinistro de Estado 

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