Justicia injusta

Hace mucho, pero mucho rato, sostienen algunos, que la Corte Suprema de justicia la integran abogados sin más, nada avezados en lo jurídico dicen otros; sin trayectoria académica, autoría publicada ni peso jurídico específico afirman los más, por lo que piensan que es ese uno de los motivos principales por el que se acabó su independencia y su capacidad de ser un contrapeso real, convirtiéndose sí, en un contrapeso comodín de los más oscuros y protervos intereses, lo que a diario en medios, distintas tribunas de opinión y en cualquier esquina escuchamos y leemos.

Conocimiento tenemos que las Altas Cortes eran unas instituciones respetadas y respetables, a la que nuestros grandes juristas, probos, honestos, y honorables entre muchas de sus virtudes, querían pertenecer, en la verdad de saber que no eran cargos decorativos, ni se llegada allí a pagar favores ni a recibir prebendas y canonjías, como tampoco estaban al servicio de nadie, sino única y exclusivamente de la justicia; razón entre otras muchas, por la que se les rendía merecido reconocimiento. Hoy se conocen por sus amañados fallos y procederes, se insiste; y, por la aparición de muchos de ellos en los medios de difusión y comunicación como resultado de prácticas nada santas, hasta el punto de ser calificados usualmente como un sanedrín de raposas que no concita respeto alguno.

Deberían ser las Altas Cortes un poder verdadero, redefinidas en sus atribuciones, ser auténticos tribunales, afianzarse como un idóneo contrapeso con la finalidad de salvaguardar el Estado de Derecho, condición sin la cual de toda democracia. Hoy, a diferencia del pasado, a cualquiera, de esos sin mayores calidades ni condiciones les parece atractivo convertirse en magistrados o consejeros, sabidos del mucho poder que acumulan, además de sumar ingentes provechos y aprovechamientos para sí, los suyos y para quienes los hicieron llegar.

Sus nombres se nos volvieron familiares en los medios, no por sus sabias posturas, ni por sus brillantes ponencias para resolver situaciones desde el punto de vista jurídico, sino político y en ello torcerle el cuello a la diosa justicia, valiéndose de la promiscuidad en que la mantienen y la hacen alcahueta de quienes nunca han resuelto nada a favor de la institucionalidad ni de la ciudadanía. Definitivamente no son ellos el real contrapeso que deberían ser, sino una amenaza para el cuerpo sano que aún le queda a la República.

No cabe, por cuanto sería prolijo como interminable citar casos puntuales que la opinión pública conoce de sobra, sino referir en abstracto lo que en nuestra justicia está pasando, pero que igual retratados quedan de cuerpo entero los responsables de tales situaciones, de suyo vergonzosa y vergonzante, principio de disolución que lleva a decir como en el pasaje bíblico: Que será de una sociedad cuando la sal (que se supone la justicia y lo justo), se corrompe ? El Señor nos tenga de su mano. [email protected]

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