¿Cómo pinta el mundo en 2022?

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2020 es un año para olvidar. Pero no será fácil alejarlo de los análisis ni de los recuerdos, por su huella poderosa en la humanidad. En adelante los humanos nos sentiremos menos seguros, más vulnerables, tenderemos al aislamiento mientras dure el recuerdo de la COVID; la confianza institucional seguirá cayendo, las formas de trabajar seguirán cambiando; y no sabemos los niños y jóvenes del 2020 cómo dirigirán el mundo: si con más individualidad y más colectivamente. La llegada en enero de Joe Biden a la Presidencia norteamericana, si bien marcará un momento de euforia, no podrá esconder terribles realidades domésticas y globales. De un lado, los EEUU han llegado a la cifra más alta de contagiados (trece millones y medio), a la más numerosa de contagios diarios (veintidos mil), a docientos ochenta mil muertos y la perspectiva de corto plazo es que empeore la situción por los eventos masivos recientes como las elecciones y el Día de Acción de Gracias, y las fiestas de navidad y fin de año. Como quien dice, para la posesión de Biden, la pandemia seguirá siendo lo más crucial; para sus primeros cien días, siniestra costumbre de medición de los gobiernos que empiezan, su famoso plan antivirus tendrá que estar en plana aplicación, probablemente en medio de la mayor campaña de vacunación que haya emprendido país alguno en la historia. En esas esperemos estar todos los demás también. La agenda no termina con las vacunas: el daño económico está ya hecho y las políticas se orientarán a la recuperación de los empleos perdidos y del crecimiento general, a sabiendas de que el sector turístico y de entretenimiento tendrá un resago de por lo menos dos años en la recuperación. Así, la reelección de la fórmula Biden-Harris en el 24, dependerá del nivel de recuperación económica que los EEUU registren a finales del 22. En Colombia, las elecciones del 2022 dependerán igualmente del estado del empleo el año entrante: tenderemos más al centro con recuperación, más a los extremos con desempleo de dos dígitos.

A Biden le toca tomar, que no recibir, el mando en medio de una crisis de confianza institucional, derivada del abuso de Trump con su democracia. Una Corte Suprema girando a la derecha; un Senado republicano probablemente agresivo; varios estados en situación cercana a la rebelión de sus gobernadores y congresos locales; unas Fuerzas Militares abofeteadas y una Policía desprestigiada por habérsele pedido y permitido el abuso de la fuerza en las protestas generadas por el racismo y la inequidad; una prensa ideologizada y partidista; y una comunidad científica menospreciada y alejada de la formulación de las políticas públicas. En lo internacional, Biden regresará a las discusiones y órganos multilaterales; pero con una Europa desconfiando de su aliado, un Reino Unido emproblemado con la salubridad y el Brexit, y un débil acuerdo en Oriente Medio, entre Israel y algunos estados árabes, hoy en peligro por el asesinato de un científico nuclear iraní.

Mientras, China, hiperactiva en el mar de su nombre, anuncia que logró la meta de erradicar la pobreza extrema y traer a mejores niveles de ingreso y de prosperidad a 450 millones de ciudadanos que estaban en la miseria en 832 condados en 2005. Las credenciales democráticas de China son endebles, sí; pero el logro no es de menor cuantía y da a esa potencia trono moral para estar en la arena global sentando cátedra, ante la mirada de un Occidente inacapaz de formular una ruta parecida para, por ejemplo, Latinoamérica.

Guerritas regionales, logros domésticos, cansancio con la democracia y desprestigio del sistema norteamericano, servirán de contexto a la administración Biden, con “Trump ahí” si lo dejan sus angustias judiciales. Del saliente deberían aprender los políticos que no basta con ganar el poder, sino que hay que ejercerlo decentemente y abandonarlo cuando toca. No me quiero imaginar a Trump de ex: tiene mucho de quién aprender.

*ExMinistro de Estado 

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