Perdones

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La idea del perdón es profundamente cristiana. Por eso, no sorprende que el presidente de Estados Unidos goce de esa formidable prerrogativa. Claro, ahora en vísperas del final del mandato de Trump, hay gran curiosidad por saber -y hasta anticipar- quiénes serán los beneficiarios. Ha ejercido esa facultad varias veces. Pero la expectativa es que no desperdiciará esta oportunidad.

La excelente revista ‘National Geographic’ publicó el pasado 4 de diciembre una crónica sobre el tema, suscrita por la periodista Erin Blakemore. Curioso, el perdón puede otorgarse antes de que una persona haya sido juzgada y condenada. El caso más famoso en nuestro tiempo es el otorgado por el presidente Gerald Ford, sucesor de Nixon, a su antecesor cubriendo cualquier delito. Habiendo estado Nixon a punto de ser destituido por el Congreso (renunció antes de la decisión final que se daba como inevitable), se dice que esta decisión le costó la reelección a Ford.

El presidente Carter, tampoco fue reelegido, pero por otras razones, utilizó esta prerrogativa el primer día de su presidencia, enero de 1977.

Otorgó perdón incondicional a todos los evasores del deber de ir a la guerra en Vietman. Sobra decir que fue algo que los veteranos criticaron.

El presidente Clinton perdonó a su medio hermano Roger Clinton quien había sido condenado por distribución de cocaína. Y el presidente Obama estimulaba que los ciudadanos solicitaran de él ese perdón. Otorgó 212 perdones y conmutó 1715 sentencias, la mayoría relacionadas con el tema de drogas.

Como se observa, no hay un patrón para ejercer esta facultad. Trump la ha utilizado en pocas ocasiones, aunque ha perdonado a varias personas cercanas a él y a los escándalos que lo han rodeado: a su asesor de Seguridad, Michael Flynn, a uno de sus abogados, etc. Ya al final de su período se formulan preguntas sorprendentes. ¿Perdonará a sus hijos y al esposo de su hija Ivanka? Y aún van más allá: ¿Se perdonará él mismo?

No existen antecedentes. Tampoco hay norma que lo prohiba. Una vicefiscal estudió el tema a solicitud del presidente Nixon en 1974.

Al tratarse de una cuestión que toca a un expresidente y, en este caso, a uno en ejercicio, el asunto adquiere enorme carácter político. La justificación sería la de tratar de evitar una peligrosa división en la opinión pública, a tal punto que sería preferible hacer borrón y cuenta nueva.

Otra es la situación de una destitución por el Congreso, que no implica automáticamente una sanción penal. Inclusive, el autor de este ensayo, que me facilitó los datos aquí registrados, plantea la posibilidad de que el presidente renuncie temporalmente para que el vicepresidente ejerza en su favor el derecho de perdonarlo. ¿Sería acaso una obstrucción de la Justicia? Eso opinó la vicefiscal consultada por Nixon.

Situaciones relacionadas con la Guerra Civil (1865) llevaron a Lincoln y a su sucesor Andrew Johnson a adoptar perdones masivos o su equivalente. Si se examina el tema con cuidado, se llega a la conclusión de que la clemencia así aplicada es un mal menor que puede contribuir al bien común. Lo importante es saber ejercerla y que haya transparencia.

En muchos casos han sido perdones otorgados a medianoche antes de la transmisión del mando. Eso no ayuda. Mejor de frente, corriendo los riesgos políticos y de prestigio.

*ExMinistro de Estado 

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