La Estrella de Belén

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En el siglo VI, un monje llamado Dionisio el Exiguo, ideó un nuevo sistema de numeración de los años para reemplazar el sistema dioclesiano. Creó lo que se conoce como la era cristiana, ab anno Domini (d.C) en vez de ab urbe condita (a.u.c.) como se medían los años hasta entonces. Al fijar las fechas del reinado de Herodes el Grande se equivocaron en 7 años y dató el nacimiento de Cristo hacia el 753 a.u.c. cuando ocurrió hacia el 746, antes de la muerte de Herodes en el año 4 a.C., en la época de César Augusto.

En el Evangelio de San Mateo se narra que unos magos, probablemente unos sabios astrónomos, llegaron a Jerusalén preguntando donde había de nacer el rey de los judíos, porque habían visto su estrella que los había guiado desde el oriente. Si se lee con cuidado a San Mateo, solamente los magos vieron la estrella que dejó de brillar cuando llegaron a Jerusalén y volvió a brillar al salir para Belén, y “se detuvo encima del lugar donde estaba el niño”.

Por consiguiente, tratar de identificar la estrella de Belén con un fenómeno astronómico conocido, como la conjunción de Saturno y Júpiter que acabamos de ver como lo hizo Kepler; o el cometa Halley como lo pensó Giotto en su cuadro de la Adoración de los Magos en Padua; o un eclipse de Júpiter en la constelación de Aries, como lo sugirió el astrónomo Michael R. Molnar, no parece adecuado. Yo pienso que los astros no aparecen y desaparecen y los eclipses son muy cortos y que, más bien, la estrella de Belén fue una señal especial de Dios para los magos, que regalaron al Niño oro, como rey, incienso como Dios y mirra cómo hombre.

María y José no encontraron alojamiento en la posada y tuvieron que refugiarse en un establo, donde, según la tradición, había un buey. El asno en el que la Virgen llegó de Nazaret vino a hacerle compañía. Cuando Jesús nació, José y María no estaban solos. Cuando la “Luna bella de eternos fulgores, / manojo de flores/ de aroma inmortal” dio a luz, se sumaron en el establo miríadas de ángeles que también anunciaron a los pastores el nacimiento de la verdadera estrella de Belén, el Sol (salmo 19) universal (donde nuestro sol es un astro insignificante), que reposó en el pesebre donde se alimentaban los animales del establo. Los pastores también llegaron pronto y, un poco más tarde, los magos.

Jesús, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre, como dice Pablo igual a nosotros en todo menos en el pecado. Es un misterio de nuestra religión. Somos incapaces de conocer el pensamiento y las razones del actuar de Dios, que consideró que enviar a su Hijo Unigénito a salvarnos con su sangre era la manera de hacerlo. Sólo algunos teólogos lo intentan.

Cuentan que San Agustín se paseaba por la orilla del mar tratando de descifrar el misterio de la Trinidad cuando se tropezó con un niño que sacaba agua del mar con una concha y la echaba en un hoyo en la arena para desocuparlo. Cuando el santo le dijo que era imposible desocupar el mar, el niño le dijo: “más imposible es tratar de comprender en tu limitada mente el misterio de Dios”.

Yo prefiero la fe del carbonero.

Por vacaciones de su autor, esta columna reaparecerá el 12 de enero de 2021. Que el Señor los bendiga.

*Abogado 

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