Ciencia y política

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El Covid-19 puso en evidencia la relación entre ciencia y política. Jamás imaginamos que las decisiones políticas más significativas y más universales serían tomadas realmente por unos profesionales que se llaman epidemiólogos. Aquí y en todo el mundo.

Que el organismo multilateral más importante era la Organización Mundial de la Salud y no el Consejo de Seguridad, ambos pertenecientes al sistema de Naciones Unidas. Y que la figura predominante del gabinete ministerial, la voz cantante, el Ministro de Salud y no el del Interior o el de Hacienda.

Ni en sus más delirantes alucinaciones el estudiante de medicina, aquí o en cualquier parte del mundo, jamás imaginó que en su destino como médico estaba adoptar las decisiones políticas de mayor alcance en la historia. Con impactos descomunales en la vida empresarial, escolar, familiar, religiosa etc. El presidente de la República o el primer ministro la adoptaría o la acomodaría, compartiendo riesgos y aplausos. Los políticos profesionales pasaron a ser espectadores, y como el resto de los ciudadanos, a obedecerlas. La ciencia había cambiado la jerarquía del poder, su ejercicio. El Dr. Fauci se ganó la confianza y la credibilidad que los políticos no tenían.

La carrera para lograr la vacuna dejaba en pañales la carrera armamentista o la conquista del espacio extraterrestre, que hay que decirlo logró avances enormes durante este año. Y ya todos sabemos algo de lo que era una ciencia ignorada por el común de los mortales.

Algunos países han hecho elecciones durante esta epidemia, el caso más notorio el de Estados Unidos, que dio lugar al incremento de nuevas formas de votación y con ellas a una crisis política fenomenal sobre las eventuales oportunidades para la ocurrencia de un fraude de grandes proporciones. En forma inusitada, reiterada, terca y abusiva el propio presidente de los Estados Unidos y su respetable Partido, el Republicano, y millones de votantes se matricularon en esta teoría conspiratoria y le han causado así un daño colosal a la democracia en el mundo entero.

Y el asunto no termina. Se complica. No hay certezas. Ni en el presente ni en el futuro. Y la política tradicional, ya de capa caída, cada vez con menos audiencia, da palos de ciego, no acierta, no llega, no convoca, no seduce. Un ejemplo: el cambio en la Dirección de los Parques Nacionales produce un debate más intenso que el del Ministro del Interior.

El desafío es colosal. Es que al impacto de la pandemia se añaden otros no menos desafiantes. Qué tal el cambio climático con todos sus horrores ya visibles. Que si es muy tarde, que si todavía hay tiempo, que, ¿sí seremos capaces? Qué tal las consecuencias de la robotización ya campante en muchos sectores o todo lo asombroso y admirable que ya, también, está ocurriendo con la inteligencia artificial, que está dejando en la obsolescencia muchas profesiones y trabajos.

Es otro mundo. Que reclama otras visiones. Otros comportamientos. La ciencia está generando transformaciones globales, nacionales, familiares, en todos los terrenos. Complejo. Por eso un destacado pensador político español escribe al iniciar su libro (Una teoría de la democracia compleja, 2019), “La principal amenaza de la democracia no es la violencia ni la corrupción o la ineficiencia, sino la simplicidad (…), los enemigos menos evidentes son los más peligrosos”.

*ExMinistro de Estado 

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