Momento oscuro

Así lo denominó el presidente electo Biden al referirse al asalto a la democracia en la capital de los Estados Unidos. Pero ha sido un momento que se ha venido construyendo desde hace algún tiempo. Por lo menos, desde la campaña de 2016 en la cual ya la teoría del fraude, si no ganaba Trump, formó parte central de la retórica. Entonces, ya era claro que el concepto de perdedor (loser) era el calificativo totalmente inaceptable para Trump y era, también, su palabra preferida para descalificar a los que habían sacrificado su vida en las guerras o a los congresistas o personalidades que no compartían sus planteamientos.

Perder la reelección era intolerable, por su personalidad disruptiva, cuasi demencial, narcisista. Trump pasó a ser un enorme peligro para la democracia. Ya lo había sido durante su impredecible gestión, pero después del 3 de noviembre alcanzó niveles que merecieron las peores descripciones. Y todo ello desembocó en el asalto al edificio que simboliza la esencia de la democracia liberal, para sabotear la ceremonia solemne en la cual se certificaba la limpieza del proceso electoral.

Nadie exime a Trump de ser responsable de lo que se hizo patente el miércoles 6 de enero. El vandalismo contra las residencias de distinguidos congresistas fue el antecedente brutal. Ha quedado clara la crisis de la democracia liberal no ya en los libros sino en la capital política del mundo. Un presidente convocando una manifestación, incitando a la violencia para bloquear una sesión histórica del Congreso; pronunciando un discurso de naturaleza incendiaria ante los manifestantes.

¡Impensable! Para luego contemplar impasible el desastre.

Quién se iba a imaginar que ‘volver a hacer grande a América’ era propiciar este grotesco asalto a la democracia, ¡qué legado! ¡Qué testamento!

La restauración democrática ya empezó: el triunfo en Georgia y su consecuencia, el control del Senado; la certificación del triunfo Biden-Harris; por fin el reconocimiento por Trump de su derrota y que el Congreso hubiera podido reanudar sus funciones. Y reconozcamos que la catástrofe hubiera podido ser muchísimo peor. Ahora sí vamos hacia una América mucho más grandiosa.

Increíble que un individuo haya podido hacerle un daño tan grande a la democracia más sólida del mundo. Increíble que en ese propósito lo hubieran secundado tantos dirigentes y, quién lo creyera, gracias a su desprecio por la verdad, 74.000.000 de votantes. Un apoyo que no merecía. Que dos empresas privadas censuren al presidente de la nación más poderosa del mundo, es otra muestra de la crisis de la democracia liberal. El sistema político necesita ser analizado y preservado como se hace con la vida económica. Hay señales de alerta que deben tomarse en consideración a tiempo y no cuatro años después. Recuperar la cultura democrática y con ella el respeto por el desacuerdo y por la verdad es la agenda de todas las democracias liberales. Rescatar la importancia del compromiso y de la tolerancia.

¡Qué contraste entre el estilo de Trump y la elegancia, sensatez y patriotismo de Biden! La restauración plena de la democracia está en marcha. Es la hora de recuperar la valiosa noción de la civilidad, de la necesidad de cooperación sin debilitar una robusta competencia electoral y programática. Y es hora también de reconocer las fortalezas que le han permitido a la democracia americana superar las inusitadas amenazas.

*ExMinistro de Estado  

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