Brexit y soberanía

Se produjo ya la desconexión entre el Reino Unido y la Unión Europea (UE), luego de cuatro años de agotadoras negociaciones entre el gobierno británico y la Comisión Europea, posteriores al resultado del referéndum de junio de 2016 en el cual los votantes aprobaron desvincularse del proyecto común europeo.

El Reino Unido de la Gran Bretaña se incorporó a la entonces denominada Comunidad Económica Europea en 1973, tras presentar su tercera solicitud de ingreso –las dos anteriores habían sido vetadas por Charles De Gaulle, presidente de Francia– y siempre hubo entre su clase dirigente muchas reticencias a unirse a un proyecto en el que los Estados cedían soberanía y competencias a unas instituciones regidas por prolijos y complejos instrumentos jurídicos.

El concepto de soberanía ha tenido gran peso entre los británicos y, de hecho, fue citado por el actual primer ministro, Boris Johnson, el pasado 24 de diciembre, cuando dijo que al salir de la UE “recuperamos la soberanía”, noción que se contrapone a la tendencia contemporánea de interdependencia que, junto al multilateralismo, tantos aportes ha hecho a la cooperación internacional. Reino Unido siempre fue un socio sui generis, primero en la Comunidad Económica Europea y luego en la Unión Europea.

No hizo parte de los Acuerdos de Schengen de libre movilidad de ciudadanos, y tampoco accedió a ser parte de la unión monetaria. Conservar la libra esterlina y rechazar el euro se volvió prácticamente un asunto de honor nacional. Esta historia de pertenencia reticente, que se acoplaría a la frase “ni contigo ni sin ti”, no se entendería bien sin atender la historia de las últimas décadas del Partido Conservador británico, en el que han anidado los grupos más radicales de “euroescépticos” y rupturistas con las instituciones comunitarias.

Por satisfacer las demandas de esos grupos, el entonces primer ministro conservador David Cameron accedió a convocar el referéndum, que perdió, y que le terminó costando el puesto y añadiéndole la reputación de gobernante corto de miras y de mínima talla de estadista. Y, obviamente, tampoco se entendería la historia sin la figura omnipresente de Boris Johnson, quien en su trayectoria política ha fluctuado entre la adhesión a los principios de la UE y la ruptura con ella, para finalmente haberse anclado en la promoción del Brexit mediante argumentos de soberanía, control legal y autonomía económica, combinada con eslóganes populistas sobre el supuesto retorno de miles de millones de libras esterlinas que ya no van a tener que transferirle al continente.

Si bien fue el 31 de enero de 2020 cuando se produjo el retiro oficial de la UE, el año pasado fue el período de transición para alcanzar acuerdos en los cientos de materias en los que la UE tenía competencias. Johnson amenazó todo el tiempo con ejecutar un “Brexit duro”, aunque los negociadores de la Comisión Europea tuvieron escrupuloso tacto y habilidad para lidiar con la contraparte británica. Finalmente cerraron un acuerdo el pasado 24 de diciembre que regulará las relaciones recíprocas en las próximas décadas.

En 2019 Reino Unido exportó productos al mercado de la Unión Europea por valor de 190 mil millones de euros, mientras importó de la misma UE caso 300 mil millones de euros. De ahí que haya salido bien librado con la continuidad de las exenciones de aranceles acordadas con la UE. Los próximos años mostrarán quién tenía mejores razones para retirarse o para permanecer, pues las promesas que hicieron los promotores del Brexit serán fácilmente verificables con calculadora en mano

* Internacionalista 

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