Hacernos fuertes como sociedad

No podemos permitir samarios y magdalenenses ser una ciudad y departamento fallidos, fracasados ante el cada vez más vertiginoso desmoronamiento de instituciones cardinales como la familia y la educación, que confrontan problemas bastante complejos que del inmediato al corto plazo no van a resolverse con tibias medidas, cuando lo cual, además de otras muchas dificultades que acusamos (situaciones de violencia, abusos, corrupción, desatención administrativa pública, sesgo de prioridades), requieren necesariamente que se enfrenten consensuadas, con voluntad política (que por sí sola no basta) y decisión férreas que garantice sacar avante los distintos trances, aprietos y peligros que a la vista tenemos, y otros de orden latente que acechantes subyacen en nuestros territorios todos.

Tampoco es posible que sigamos soportando la entronización de los denominados demonios del poder, que navegan a sus anchas por extensos mares de corrupción, segregación e inmoralidad pública, a quienes no les importa que el bien general se encuentre por encima del interés particular, y mucho menos que las instituciones cumplan a cabalidad con la misión y funciones para las que fueron creadas.

Debo decir sin tapujos que no contamos con líderes ciertos, apenas una carretada de desacreditados dirigentes que opacan con sus acciones la política y la administración pública creadas para servir a la gente, generando desconfianza pública. Parecieran no percatarse que hoy más que nunca los problemas se multiplican, que son infinitas las verdades sobre infracciones y delitos de servidores públicos elegidos por voto popular o designados, quienes amén de no cuidar los recursos de los gobernados, se alzan impunemente con el dinero de todos, creando en la ciudadanía indignación, incredulidad, indiferencia y desencanto democrático, en la comprensión que la corrupción, arrolladora como en nuestro caso, devasta la democracia.

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No se justifica que muchos dirigentes se valgan de su posición para delinquir, saquear, usurpar dineros, “matar” la confianza y de contera transgredir el Estado de Derecho. No hablo aquí de percepciones sino de realidades. No hay Institución pública ni privada que escape al flagelo de la corrupción, peste maligna y dañosa que se extiende rauda sin miramiento alguno, haciéndonos parte de una sociedad que se disuelve, que se mira viviendo al límite del fracaso, como si estuviésemos en un estado de desorganización social como consecuencia de la falta e incongruencia de las normas sociales, generando indiferencia general.

Como sociedad debemos enfrentar un debate abierto, plural, incluyente e interdisciplinario, para hablar sobre los problemas que tenemos, sin complejos ni debilidades, camino a encauzar el verdadero sentido de la política, la administración pública y la cultura. Es invitarnos a reflexionar, debatir, deliberar, proponer proyectos cuerdos, juiciosos, sesudos, posibles, camino a restablecer y apuntalar a esta nuestra sociedad que amenaza diluirse. [email protected]