Fernando Carrillo

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Por
FERNANDO
CEPEDA
ULLOA

Tiene, ante todo, permanente y legítima vocación por el servicio público. Una cualidad admirable. Ello explica que antes de los treinta años como que ya había cumplido el Cursus Honorum. Pero no, apenas estaba comenzando. Estudiante sobresaliente, joven profesor. Retomando la idea de reformar la Constitución por una vía diferente al congreso lanzada años antes por el presidente Barco, fue uno de los destacados líderes de la séptima papeleta. ¡Qué tal!, comenzar con un ingenioso mecanismo innovador para cambiar la constitución que llevaba 104 años. Así encabezó un movimiento juvenil que resultó exitoso, gracias, entre otras, a la generosidad y visión del presidente Barco. Como si fuera poco, el presidente César Gaviria lo nombró consejero presidencial. Ahí no terminamos. Se hizo elegir miembro de la Asamblea Constituyente y fue delegado muy distinguido y activo, lo cual no es sorprendente. Más adelante, el presidente Gaviria lo nombró ministro de justicia, no precisamente el cargo más fácil dada la peligrosísima amenaza de los carteles de la droga que habían señalado a quien ocupara ese ministerio como su blanco preferido. Recordemos a Rodrigo Lara y Enrique Parejo. Está vivo de milagro.

Culminó su formación en la universidad de Harvard donde, entiendo, obtuvo dos masters. Allá regresó luego de ser ministro. Después inició una carrera burocrática que, si las cuentas no me fallan, duró más de quince años en el Banco Interamericano de Desarrollo. Allí hizo mucho más de lo que le correspondía. Publicó no sé cuántos libros relacionados con la gobernabilidad democrática, plagados de estadísticas comparativas de la situación de los países de América Latina. Esa experiencia lo llevó a ser el segundo en representación del BID en Europa como cercano colaborador de Carlo Binetti.

Regresó a Colombia en 2010 como coordinador del equipo de transición del presidente electo Juan Manuel Santos, Y luego fue nombrado representante del BID en Brasil, sin duda, la sede más importante.
Posteriormente, el presidente Santos lo nombró para que organizara y dirigiera la Agencia para la Defensa de la Nación, meses después lo designó ministro del interior y, más adelante, embajador en España. Como trabajador incansable, hace mucho más de lo que se espera de él.
Es ambicioso, ya se dijo.

No fue un constituyente que pasara desapercibido, ni durante la sesión ordinaria ni en la Comisión Especial que se creó para organizar la transición. Siempre su gestión va acompañada de la publicación de libros académicos pertinentes y de la creación de asociaciones o grupos de trabajo para temas cruciales. La suya es la formación de un dirigente que tiene el país en la cabeza y, también, su dimensión internacional.

Imagino que sus inmediatos superiores se sienten desbordados o incómodos en lugar de aprovechar su amplia formación y deseos de ayudar más allá del deber.

La Procuraduría le ofreció un espacio donde no tenía superior. Allí lo hemos visto actuar, opinar y desplegar actividades libremente. Nada fácil para los presidentes Santos y Duque. Su desempeño no se puede evaluar con cifras. Por fortuna, Óscar Alarcón ha estudiado 190 años de existencia de la procuraduría y él podrá decirnos de qué manera ha sido diferente su gestión.

Al parecer Carrillo no mira atrás, como que no sabe cuáles han sido sus múltiples y valiosas realizaciones y vuelve a buscar oportunidades como si su currículum estuviera vacío. Fascinante.

*ExMinistro de Estado

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