Reajustes a la democracia

La democracia tiene que reajustar algunos mecanismos si no quiere enredarse en sus propias reglas. No es tarea sencilla porque, en algunos casos de importancia  vital para su buen funcionamiento, las fallas vienen de lo que se consideran virtudes. Y lo son si no se exagera, ni se pretende exigirle a la naturaleza humana comportamientos que desconocen su imperfección  o ignoran sus defectos.

La democracia no es solo elecciones. Es también el tránsito hacia ellas. Por eso hay que ponerle tanto cuidado a los sistemas electorales. Son determinantes para escoger caminos y líderes capaces de indicar cómo recorrerlos.  El éxito del vecino no es garantía absoluta del propio.

Por ejemplo, es útil un repaso elemental de cómo funciona el sistema democrático norteamericano, montado sobre elecciones sucesivas para escoger primero candidatos dentro de cada uno de sus dos grandes partidos en las primarias y, después, someter a elección los dos ganadores y llegar así finalmente al triunfador.

La práctica convirtió la votación definitiva en  directa, al elegir los delegados  a este colegio electoral con el compromiso de seleccionar a uno de los contendores.

El sistema funcionó tan bien que, hasta ahora, nadie ha pensado en recortar la etapa final, ni soñar con  quitar compromisarios al contrincante, una vez electo.

Sin embargo, cualquier duda sobre la transparencia del itinerario electoral, sobre la injerencia de gobiernos extranjeros en las elecciones, la utilización manipuladora de redes sociales al servicio de la desinformación y la mentira, puede usarse como vehículo  para asaltar el sistema democrático o para que  un mal perdedor irresponsable la lleve a la debacle, mediante  suspicacias  que movilicen pasiones incendiarias.

Aunque  las condiciones para abordar el tema no parecen las mejores, podrían aprovecharse para repasar nuestra reglamentación electoral y completar las leyes sobre elecciones y consultas populares, antes de tener las premuras de una confrontación electoral en caliente, repitiendo  problemas que otros están teniendo como lo muestra cualquier video  de Washington por estos días.

El mal ejemplo cunde y los disturbios de la capital de Estados Unidos, del 6 de enero, pueden servirnos para eliminar los gérmenes de una futura crisis. Nada se gana sentándose frente a las pantallas de televisión a observar los problemas ajenos esperando a ver qué resulta para reaccionar después, cuando podemos anticiparnos y analizar las lecciones del mal momento de una democracia para evitar complicaciones que  son perfectamente  previsibles y robustecer nuestros puntos débiles, antes de someterlos a una prueba  que se contagiará de todas maneras.

Son muchas las lecciones que deja el gobierno de Donald Trump para analizar fríamente el futuro de la democracia. Sería imperdonable desconocerlas. Pero, una de las más importantes obliga a poner la atención en la legitimidad y pureza del sistema electoral, para que tenga una base sólida la exigencia de respetar los resultados.

Tan importante como el debate de ideas es la responsabilidad de los partidos políticos en la postulación de verdaderos hombres de Estado y la observación, vigilancia y blindaje del sistema electoral. Nuestras democracias aún están a tiempo.

*Periodista*Defensora de DD.HH.

También podría gustarte