Democracia iliberal

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Es el concepto académico para referirse a la situación que están viviendo las democracias. Estamos aprendiendo que son frágiles y que debemos preservarlas. Fue un mensaje central en el discurso del presidente Biden.

Y una voz de alerta para democracias que están amenazadas por la corrupción, el crimen organizado, la crisis de la representatividad, el debilitamiento de los partidos políticos y la pérdida de confianza de los ciudadanos en las instituciones y en las autoridades.

El sistema político americano sufrió un ataque virulento, diario, inclemente, enfocado a la destrucción de sus fundamentos. Se dirigió desde su propia presidencia y antes desde la campaña electoral. A destruir la confianza en el sistema electoral. Declarar que los medios de comunicación son enemigos del pueblo y, en consecuencia, de la democracia. Utilizar la mentira y la exageración como parte central de la retórica política, crear un ambiente de sospecha y desconfianza frente a las instituciones. Esto y mucho más, para derivar en un desconocimiento del resultado electoral, para alegar por todos los medios que la Presidencia había sido robada por un partido político. Que dijeran los jueces o los responsables del proceso electoral que no valía nada.

Claro, todo eso derivó en una campaña de tres meses dirigida a invalidar el resultado electoral parcialmente, en lo que convenía que era el premio mayor, la Presidencia de la República. Y así llegamos al deplorable seis de enero cuando el presidente, en busca de su continuación en el poder, convoca una manifestación en la capital y, el mismo día, incita a la insurrección. Se trataba de intimidar a los representantes del pueblo para que desconocieran el resultado certificado por cada Estado mayoritario del voto popular y el del Colegio Electoral.

Por fortuna, tan sólo lograron la suspensión de la sesión que avalaría el triunfo del opositor. Su reanudación el mismo día recobró la majestad y fortaleza de la institución, consagró la limpieza del proceso electoral y le dio legitimidad incontrovertible a Biden.

Y por eso, el 20 de enero fue un momento luminoso que mostró ante el mundo la resiliencia de la democracia americana en una ceremonia solemne, sencilla y hasta conmovedora. Como que así se le ponía fin a eso que en su discurso el Presidente denominó “uncivil war”. Supongo que así conceptualizaba lo que venía ocurriendo y reclamaba que se le pusiera fin.

Esta ‘uncivil war’ está ocurriendo también en otras democracias con matices diferentes. Y hay que aprender las lecciones que se derivan de los ‘momentos oscuros’ que ha vivido la democracia americana. Uno que es común, el de la denigrante y falaz retórica política que se ha venido apoderando de lo que fue el discurso civilizado. Que desprecia las buenas maneras, y que convierte el desacuerdo en un acto inadmisible que merece ser aplastado, denigrado, humillado, desconocido en lugar de un elemento fundamental de la vida democrática.

El discurso de Biden es un inspirado elogio de la cultura democrática. La retórica política sí importa. La ‘uncivil war’, la guerra incivil lleva a lo peor, a la intolerancia, al dogmatismo y por ese camino a la violencia y, ojalá no, a la guerra civil con todos sus horrores. Estamos advertidos.

La ‘uncivil war’, como es obvio, rompe las sociedades, genera polarización, y en consecuencia actitudes extremistas.

*ExMinistro de Estado 

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