No alcanzó a firmar la renuncia

A lo largo de su vida se preparó para algún día ser presidente. Fue quizá esa la razón por la que en los últimos meses también adoptó la costumbre de firmar los documentos con Sharpie, como lo hace el jefe de Estado de los colombianos, Iván Duque Márquez. Sin embargo, a Carlos Holmes Trujillo la muerte le llegó faltando poco para cumplir este propósito porque nadie duda de que la Casa de Nariño era la próxima meta que se había fijado.

Días antes de ingresar al hospital para tratarse las lesiones que el Covid-19 le estaba haciendo a su cuerpo, los allegados de Holmes, como prefería que lo llamaran, lo vieron ejerciendo su rol de ministro de Defensa con la misma convicción que lo llevó a ser uno de los artificies de la Constitución del 91. Eso sí, en medio del miedo que le tenía a pescar el virus que tiene a la humanidad en medio de una pandemia.

Sin embargo, a  finales de enero iba a presentar su renuncia al ministerio que durante los últimos meses de su vida lo hizo madrugar, correr y angustiarse. El objetivo era  lanzar su candidatura a la Presidencia. Ya se lo había dicho a sus amigos más cercanos: no quería dejar que el tiempo tomara ventaja, así que antes de la enfermedad se le vio caminando rápido en medio del frenesí que le exigía el cargo,  hablando con sus allegados sobre sus planes y extremando los cuidados frente al Covid-19.

Dicen que el gusto por la política lo heredó de su padre, Carlos Holmes Trujillo, quien fue congresista del Partido Liberal, pero haber participado en la Constituyente del 91 le dio las bases para defender sus  convicciones  hasta el último día de su vida. En esto era inquebrantable y sus amigos siempre le admiraron esa capacidad que tenía de debatir con sus contrincantes, pero con amabilidad y respeto.

Trujillo García era abogado, doctor en Derecho y Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad del Cauca, con especialización en Derecho Penal y Criminología, y Máster en Negocios Internacionales de la Universidad de Sofía, Tokio (Japón), donde fue cónsul y embajador. Hablaba japonés con la misma destreza con que se comunicada en los otros idiomas que aprendió a lo largo de su vida.

También fue representante permanente de Colombia ante la OEA, embajador de Colombia ante Austria, Rusia, Suecia, Noruega, Finlandia, Islandia, Dinamarca, Reino de Bélgica, el Gran Ducado de Luxemburgo y jefe de la misión de Colombia ante la Unión Europea. Amigos y personas de su confianza señalan que se movía como pez en el agua en todo lo que tenía que ver con las relaciones exteriores. Aseguran que cuando le tocaba atender compromisos internacionales como canciller de la administración Duque, “parecía el papá de sus colegas”.

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