Esquiando ando en Keystone, Colorado

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Por SALUA KAMEROW

A mí me decían de chiquita que tenía que aprender a manejar bicicleta porque si no aprendía, no lo iba a hacer cuando creciera. El concepto como tal estuvo muy mal planteado; el problema no era que no iba a aprender cuando fuera mayorcita, el problema estaba en que iba a estar llena de miedos, esos mismos miedos que me inculcaron cuando me decían que ya mayor no iba a aprender a montar en ‘bici’.  Así aprendí a patinar, a montar en bicicleta, y a hacer el puente de espaldas sin sostenerme de la pared.

Un día de esos muy temprano en la mañana me levanté a patinar sobre la calle 18, en el barrio Jardín de Santa Marta. Eran las seis de la mañana, porque obvio, estaba ‘rayúa’, tenía patines nuevos y era la época de Agujetas de color de rosa, la novela mexicana que dejaban ver a mi hermana, pero no a mí, aunque yo me escondía detrás de las mecedoras para verla. Mis papás siempre fueron madrugadores y yo, hasta el sol de hoy, soy un alma de día y nunca de noche, como dicen los viejos, me acuesto con las gallinas, y lo admito, me levanto con ellas. Para llegar al grano, me fui de jeta; ese día no me caí, me fui de jeta.

Recuerdo que esa mañana venía una Bronco negra, probablemente con un conductor amanecido, y yo iba a mil por hora casi llegando a la esquina de la calle cuando la vi. Me asusté tanto que me caí y me raspé las piernas y los brazos. Por varios meses me tocó llevar un flotador conmigo para sentarme en el colegio y en otros lugares porque sin él, no me aguantaba el dolor en las caderas. No volví a patinar, no volví a montarme en patineta, y rara vez me monté en bicicleta. Ni hablar de las motos, les tengo pánico.

Casi 30 años después conocí al papá de mis tres hijos, uno biológico (que no es de él) y dos casi adoptivos, y me casé. Tenemos una familia feliz. Sí, muy feliz, porque Harry es de esos caballeros que toda mujer quiere tener a su lado. Su problema (y hasta el momento, el único, es que ama esquiar, brincar y rebotar). Creo que lo he dicho antes, las vacaciones más intensas son con él; en ocasiones nos tiramos de paracaídas, otras veces nos vamos de una montaña a otra en tirolesa, hemos nadado entre tiburones, y estas vacaciones, terminamos esquiando.

¿Cómo le digo que no a este hombre que he descrito en mi párrafo anterior como perfecto? Ni modo, me tocó calármela. Harry es veinte años mayor que yo, pero tiene el espíritu de un muchachón de treinta, y ha esquiado toda su vida, es un duro, y su técnica para esquiar, muy profesional.

Llegamos a Denver, Colorado, al resort Keystone porque tiene colinas de todos los tipos: de conejos (para principiantes), verde (para principiantes avanzados), azul (para aficionados), negra (para esquiadores avanzados), y las de diamante negro (para profesionales). Miré hacia la cima, y lo descomunal de las montañas me tenía prácticamente horrorizada, pero alquilé mis esquíes. Harry, mis hijos y yo nos subimos a la telesilla y comencé a rezar. Cuando llegamos a la cima de la montaña, buscamos donde quedaba la colina de los conejos y me dejaron ahí con un instructor que me iba a enseñar.

Pasaron varias horas hasta que le cogí el tiro al asunto. Ya me empezaba a dar cuenta que no era necesario caerme para parar y que era cuestión de técnica, porque esquiar es un deporte que lleva mucha técnica, como mover los esquíes de un lado al otro, formarlos en forma de pizza para frenar y el giro en forma de jota para frenar más abruptamente. Aprendí a levantarme sola y entendí que si no me levantaba con mis esquíes paralelos a las montañas me iba a caer otra vez.

En cuestión de 5 horas pasé de la colina de los conejos a la colina verde. Lo que nadie me dijo es que la colina verde iba a ser más empinada y que la nieve iba a sentirse menos homogénea para bajar. De repente un tipo se resbaló y aterrizó en mi espalda, me golpeó en las caderas y no me pude levantar. “¡Ya está!”, me dije, “no vuelvo a esquiar”. Llegó la “ambulancia”, una mujer en sus esquíes con una camilla en la parte de atrás amarrada a su torso. Después de revisarme y hacerme las preguntas de rutina sobre la Covid-19, me subió en su camilla y comenzó a esquiar mientras me bajaba a 30 kilómetros por hora. No había motor, era solo ella, su fuerza, y su energía.

Cuando llegué a la base de la montaña (unos veinte minutos después), le dije que estaba muy impresionada con su agilidad para esquiar. Me dijo que aprendió a esquiar a los cuarenta y que no ha dejado de esquiar desde aquel entonces. Ahí me di cuenta de que sí podía aprender y que me iba a caer varias veces antes de aprender. Me convencí de que soy yo quien controla los esquíes, no mis miedos ni mis traumas.

Una vez llegué a Pensilvania y me recuperé, he esquiado tres veces por semana. Aprendí a esquiar y tal vez me falten décadas para bajarme la colina negra, pero no necesito mucho más que saber que nunca es tarde para comenzar un pasatiempo nuevo, y que la edad pertenece en la cédula.

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