De senderismo en las montañas del Valle Feliz en Pensilvania

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Por SALUA KAMEROW

La semana pasada se nos vino un frente frío a la Costa del Este de los Estados Unidos y nevó despiadadamente por cuatro días.

Como todo lo relacionado conmigo, me obsesioné con la limpiada del sardinel y de la entrada al garaje, porque aquí en USA, los dueños de las casas son responsables civil y extracontractualmente si una persona sale afectada mientras camina por el frente de la casa del dueño o residente.

En cuanto a la nieve, hay que rociar sal y una vez ha nevado, limpiar la nieve con una pala o con una maquina llamada soplador de nieve hidráulico. La ventaja de la máquina es que destroza el hielo con unas cuchillas de metal gigantescas y la desventaja es que hay muchos accidentes con ellas. La ventaja de la pala es que son muy seguras, pero la fuerza está en quien hace el trabajo.

Por otro lado, muy a pesar de que ya comenzó la vacunación en Pensilvania, aún no ha abarcado la mayoría de la población común. Entonces, nos ha tocado mantenernos encerrados y poco salimos a comer o a encontrarnos con nuestros amigos y conocidos.

Las salidas a los restaurantes se han vuelto limitadas porque mucha gente no quiere ir a restaurantes encerrados, y para sentarse afuera a menos cero grados centígrados, es una tortura.

Pero hay muchas otras actividades que me han fascinado y que he descubierto con la pandemia y la nevada. Les conté la semana pasada que me fui a esquiar. Sin embargo, descubrí gracias a mi amiga Eva, que el senderismo mientras cae esa nieve desbordante es de lo más seguro y divertido.

Llegué al pie de la montaña a las dos de la tarde como habíamos quedado. Eva, quien es del Oriente Medio de los Estados Unidos, está acostumbradísima al frío y a hacer ejercicio en los menos cero. Yo, ‘culozunga’ y un poco más ortodoxa, prefiero salir cuando el clima es cálido y soleado. Sin embargo, no hay mucho por hacer con la pandemia, y mis posibilidades se han limitado. Por eso le agarré el tiro y me fui de senderismo con ella por varias horas.

Al encontrarnos, ella comenzó a desempacar; la acompañaba una mochila, dos botellas de agua, una brújula, cuatro bastones, cuatro activadores de calor para ponérnoslos en las manos, y cuatro tacos para los zapatos que generan roce para no deslizarnos con la nieve mientras íbamos cuesta arriba. Eva evidentemente venía preparada para ella y para mí.

Arrancamos a las 2:10 p.m. y mientras subíamos la montaña me di cuenta de que, con el pasar de los minutos, el clima cambiaba drásticamente, de frío y seco a gélido y nevoso. La subida era empinada y desafiante y para ese momento ya sentía que la piel de la cara se me caía del ardor.

El cuerpo se acostumbra, y con suerte, se amaña. Eso me pasó a mí cuando llegamos a la cima un par de horas después y vi ese esplendor, desde arriba la ciudad muy lejos de nosotras se veía tan reducida y apreciable. El día muy a pesar de estar helado, estaba soleado y al otro lado de las montañas podía ver la tormenta venirse hacia nosotras.

Comenzamos a descender y con la ayuda de la nieve, el camino se volvió menos resbaloso porque contábamos con la fricción que la nieve recién caída y polvorosa produce sobre el hielo de los días anteriores en el suelo.

Este fin de semana viene otro frente frío y me voy de senderismo con mi esposo. Ya sabemos qué empacar, así como ustedes lo saben también después de leer este artículo. La próxima semana comienzo a armar mi maleta porque me voy para San Juan, Puerto Rico a explorar su estado después del huracán María y la desolación que nos trajo esta pandemia. Con las vacunas ya no tenemos que dejar de viajar, pero si debemos viajar con medidas de precaución porque mucha gente vive del turismo y necesitan de ese comercio para vivir.

Así me despido hoy desde el Valle Feliz, mañana desde algún otro lugar del mundo.

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