América: descontento y agitación social

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Ahora que el gobierno de Joe Biden comienza a deshacer el legado de Donald Trump en América Latina, muchos en la región parecen mostrar un optimismo cauteloso sobre la posibilidad de entablar relaciones más constructivas con el vecino del norte. El rápido giro del presidente Biden hacia una política migratoria más compasiva envía un mensaje poderoso, además de que ha prometido adoptar un enfoque basado en los valores, con un compromiso renovado con la democracia, los derechos humanos y el combate a la corrupción. También ha recalcado la urgencia de la lucha contra el cambio climático.

Las duras realidades que enfrenta América Latina podrían frustrar las metas y aspiraciones del nuevo gobierno de Estados Unidos en una región devastada por unos altos niveles de violencia y enormes desigualdades. La espiral descendente en la que se encuentra América Latina, la cual comenzó en 2013, ha acabado con los avances económicos y sociales logrados en la década anterior. Los gobiernos tanto de izquierda como de derecha se han quedado cortos: la clase media se ha contraído mientras que la pobreza extrema y el desempleo han aumentado, lo que ha generado descontento y agitación social. La política se ha vuelto más polarizada y confrontacional, y la satisfacción con la  democracia ha caído a su nivel más bajo en décadas, generando un clima propicio para el autoritarismo.

La pandemia, a su vez, ha revelado la debilidad de las instituciones, la corrupción arraigada en las esferas políticas y empresariales y las fallas sistémicas en los sectores de la salud, la educación y otros servicios públicos. Lo más probable es que las economías latinoamericanas no recuperen el producto interno bruto per cápita que tenían antes de la pandemia sino hasta 2025 de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Muchos economistas predicen que la región podría enfrentar otra década perdida , similar o peor a las crisis de endeudamiento de los años ochenta. Lo más preocupante es que la región nunca había estado más dividida y desprovista de liderazgo. Los países se están moviendo en direcciones distintas y la cooperación entre ellos es notablemente débil.

La política estadounidense en torno a América Latina también se verá limitada por las múltiples crisis dentro de Estados Unidos que Biden ha heredado, las cuales con toda seguridad consumirán el tiempo, el capital político y la capacidad de gasto del gobierno. En materia de política exterior, Europa y Asia tendrán prioridad sobre América Latina.

Hay que reconocer que Biden no tardó en dejar claro que sus políticas para América Latina serán significativamente distintas a las de su predecesor. La suspensión de la construcción del muro fronterizo, los cambios en las normas del proceso de asilo, la reunificación de las familias que fueron cruelmente separadas y otras reformas migratorias propuestas serán aclamadas en la región.

Será difícil que el gobierno de Biden encuentre aliados dispuestos a unirse a sus esfuerzos para generar el impulso necesario para defender la democracia en América Latina. Algunos gobiernos latinoamericanos estaban contentos de que Donald Trump les diera carta blanca en los asuntos relacionados con la democracia y los derechos humanos. En los últimos cuatro años, la palabra “cooperación” ha significado adaptarse a las demandas de Estados Unidos, sobre todo en materia de migración. En nombre del no intervencionismo y la soberanía nacional, es probable que estos gobiernos se resistan si la gestión de Biden asume posturas públicas firmes con respecto a la corrupción de las fuerzas militares en México, a la deforestación de la selva tropical en Brasil o al asesinato de líderes sociales en Colombia.

Nada sería más útil para restaurar y renovar las alianzas de Estados Unidos con el resto del continente americano.

* Internacionalista * 

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