El mundo de mañana

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En medio de la pandemia vislumbramos cambios en las relaciones humanas, menos viajes de trabajo y más de turismo, el internet disminuye contactos laborales. Según “The Economist” los hoteles de trabajo desaparecerán en un cincuenta por ciento, el cierre de oficinas será alto, la gente replantea metas personales, de salud, de valores.

La tecnología y la innovación son realidad, los productos suntuarios pierden justificación, lo mental ocupa lugar destacado, el comercio se reajusta, los grandes centros disminuyen concurrencia ante el incremento de compras en línea.

En educación, la presencia continuará en ciertas áreas, en otras la virtualidad se impone, debemos precisar calidad, dimensión de infraestructuras, espacios físicos, la concepción de la relación alumno-profesor y la óptima interacción participativa con sentido social. Es la oportunidad para que los educadores se reinventen, exploren, a sabiendas de que pronto la inmensa mayoría de los cerebros humanos se encontrará conectada a la nube con acceso constante a la información.

Tras los avances científicos y tecnológicos viene un complejo proceso de adaptación colectiva, durante milenios la religión ocupó puesto preferencial en la vida de los seres humanos vinculada a la existencia de Dios y a la fe, en los últimos años el aumento de la incredulidad ha sido notorio, desde luego por razones poderosas de moral y ética. Las religiones no desaparecerán, sin embargo, se precipita un periodo crítico en materia religiosa y de dogmas.

Nos encontramos en evolución de grandes repercusiones, un afamado antropólogo sostiene que hacia el 2050 los humanos vivirán unos cuarenta años más que en la actualidad y tendrán hijos en edades avanzadas con elevación de la capacidad cerebral, menciona robots, clonación, medicina, cambio climático, destrucción de ecosistemas y migración a otros planetas.

Los dirigentes políticos embebidos en discusiones triviales necesitan involucrarse en el cambio, su discurso sigue encasillado en lenguaje reducido, anacrónico y clientelista. La democracia adquiere dimensiones que trascienden el voto y la representatividad de los elegidos en las corporaciones públicas no puede limitarse a ocupar escaños e intervenir en debates con apego a la forma tradicional. Las redes sociales variaron el sistema de comunicación entre electores y elegidos, los primeros ahora son interpretados por los medios quienes acertada o erróneamente, fijan la posición de mayorías y minorías frente a la discusión de problemas públicos, al debate de proyectos de ley, a la adopción de actos administrativos. Los partidos reflejan menos el querer de la opinión pública, se encuentran debilitados, sus programas se confunden con las escaramuzas personalistas de líderes con apego a expresiones contradictorias, vagas e intrascendentes.

La inquietud para los pobladores del planeta globalizado, afectados por virus pero deseosos de encontrar alicientes de civilización y cultura en paz, con menos desigualdades,  es la de  ¿Cómo incorporarnos en el mundo de mañana?  Al fin y al cabo, la mejor manera de predecir el futuro es creándolo, en este tiempo haciendo uso de recursos de los cuales antes no disponíamos a sabiendas de que nada será fácil en esta carrera de obstáculos.

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