Manos fuera del punto G

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Como al caído, caele, estoy que trino contra el alcalde Daniel Quintero porque le está quitando la respiración boca a boca económica a uno de los íconos del turismo de mis años de chinche: el parque de la Independencia que reencarnó en el Jardín Botánico hace 48 años.

Lenguas nada triperinas aseguran que el hijo mimado de  Campo Valdés, con áridos estudios en Harvard, también  quiere meterse el aeropuerto Olaya Herrera debajo del sobaco, como si fuera un paraguas, y llevárselo a otra parte.

Como en el poema aquel, primero fueron por EPM, Ruta N, la Universidad de Antioquia, Fiesta del libro, después…

Los domingos nos llevaban a remar y a chupar paletas al parque de la Independencia, actual Jardín Botánico, pulmón ecológico y científico situado al lado del hígado de la Curva del Bosque, sitio adonde iban los varones a dejar la virginidad para no llegar al altar sin probar de sal.

El parque de la Independencia era una fiesta. Todos los parques lo son. El Jardín Botánico es otra rumba ecológica diaria con sus 1.200 especies inventariadas. Algunas desaparecerían si le cortan el chorro económico, asegura Claudia Lucía García, su directora.

Al antiguo parque llegábamos en bus o en tranvía. En esos medios de transporte sufrí el primer acoso porque mamá Geno me obligaba a pasar por debajo de la registradora.

Y lo peor: donde los bandoneonistas ponen el instrumento, hablo de las rodillas, ella cargaba a su pequeño “anticristo de la calle”. Todo para ahorrar platica.

Pero no solo tiembla la salud del Jardín Botánico. Daniel, el travieso alcalde, también quiere trasplantar el antiguo campo de aviación, el Olaya, como le decimos sus adoradores.

Nuestro turismo dominical, o Sisbén en la semántica de la generación del Covid-19, incluía visitas al Olaya a ver aterrizar y decolar aviones.

El alcalde de la cuerda de Gustavo Petro – quien estrena honradez por prescripción en el caso de las bolsas de dinero que le llegaron para alguna de sus campañas-  quiere acabar con esa diversión. Lo haría trasteando el aeropuerto que es como trastear una tempestad.

La pandemia me impide salir a la calle a votar revocatorias. Además, es una perdedera de tiempo. Y de plata.

Soñar no cuesta nada, pero si le hacemos pasito, Quintero puede coger juicio y enderezar el extraviado rumbo.

Lo revocatoria correría por cuenta de  las 1.200 especies del Jardín. Que lo revoquen a uno las flores es peor que te defenestren cacaos, cacaítos, gente de la llanura.

Si me encuentro al alcalde le hablaré de chinche de Aranjuez a  exvecino del Tricentenario, y le pediré que me devuelva el votico que deposité por él, si le sigue cortando los servicios al Jardín. O si se lleva al Olaya a alumbrar a otros pueblos. Egresado de Harvard: manos fuera del punto G de nuestras nostalGias.

*Periodista

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