El misterio del homo erectus

 

Sus mandíbulas eran pequeñas así como sus dientes y sus cerebros más grandes, parecidos a los nuestros. El Homo erectus era diferente, en estos rasgos, a su antecesor, el Homo habilis. Aún hay polémica en clasificar a los habilis en el grupo de humanos. Los habilis parece que eran peludos y tenían las habilidades para trepar árboles y para caminar erguidos en las planicies. Esta especie evolucionó en Homo erectus y continuó su frenesí en adaptación hasta llegar al Homo sapiens. El arribo de esta especie, marca la llegada a la evolución de nuestra forma física actual.

Por mucho tiempo, se pensó que el cambio fundamental para el surgimiento de los Homo erectus provenía de su habilidad de comer carne con mayor frecuencia. Sin embargo, no es coherente que el paso evolutivo del carnívoro dedicado incluyera la reducción de sus mandíbulas y dientes. Algo más sucedió.

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Un gastrónomo francés, cuando Darwin era un adolescente, Jean -Anthelme Brillant-Savarin, dijo que “era a través del fuego que el hombre ha domesticado la naturaleza”. Esta provocativa idea se ha desarrollado en toda una teoría en que el paso gigante para hacernos humanos provino de la habilidad de cocer las comidas. Al cocinar, se afectan las calidades nutricionales de los alimentos, se requiere menos tiempo en masticar y digerir y se puede invertir en pensar, hace las comidas más sanas al eliminar bacterias y, lo más importante, comer alimentos cocidos incrementa la cantidad de energía que podemos obtener de los alimentos. De un huevo cocido se puede digerir en un 95%, uno crudo solamente el 71%. Al digerir un mayor porcentaje de un alimento se extrae más energía. Experimentos se han realizado entre dietas cocidas y crudas. Una dieta exclusivamente en crudo requiere una cantidad sustancialmente mayor de alimentos para equiparar en energía a una que se basa en comidas cocidas.

Al cocinar, se adquirieron no solamente atributos físicos, también culturales. Teniendo en cuenta que el éxito del cazador es esporádico, en grupo exitoso invitaba al fracasado a comer en su fogata esperando esta reciprocidad en momentos adversos. Al sentarse alrededor del fuego, compartiendo las presas, se resaltó el altruismo, la comunicación entre extraños en la sobremesa, surge una nueva dinámica de la amistad. Todos hemos sentido esto alrededor de una mesa. Se fortalece el vínculo entre familiares y amigos.

La evidencia de esta hipótesis no es contundente. Sin embargo, es muy probable que nuestro éxito evolutivo descanse en las habilidades de un cocinero, o más probablemente, de una cocinera.

Mi madre falleció en junio de este año. Ella aprendió de mi abuela las recetas para el pernil ajamonado que va unas cinco horas en caldos a leña, el pavo inyectado con mantequillas, la ensalada de papa, la torta de coco y el chutney de mango. Mi abuela heredó su talento de su padre, un ingeniero francés que luchó la primera guerra mundial y regresó traumatizado a Colombia. Solamente a su regreso conoció a su primera hija de seis años, su nombre era honor a la batalla: Luisa Victoria del Marne.

La cocinera que ayudaba a mi madre aprendió las recetas y hace unas noches las emulamos con mucho éxito, esa mesa de navidad que es memoria feliz. Pasamos la primera navidad huérfanos de madre. Elaborar, calcular las cocciones, los tiempos de batir una mayonesa, planear los puestos, arreglar con estética la mesa, servir y compartir, es el mejor homenaje que podemos hacer a mi mamá y a mi abuela. El que nos hace humanos sociables, el que nos define. Felices momentos en este final de año, ojalá siempre en una mesa servida y nutrida con amor.

ExViceministro de Estado