“Vi a la muerte de cerca”: Gustavo Petro tras infección por Covid-19

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El senador, en una columna de opinión, cuenta cómo sobrevivió a la enfermedad que lo aquejó durante una visita a Europa. Según dice hoy después de haber superado el COVID-19 siente que todos sus sentimientos se han reavivado.

“Todo fue de pronto y fugaz, como un golpe fulminante, inesperado. Como un disparo de nieve, tal como dice una de las canciones que más me gustan. Después de experimentar los primeros síntomas, como la pérdida relativa de mi oxigenación, me practicaron el examen que dio positivo y enseguida llamamos al servicio de emergencias. Respondieron con prontitud. En menos de media hora llegó un médico que midió mis parámetros de salud. Mi saturación de oxígeno, aunque había bajado, aún era buena al igual que mi presión por lo que el galeno me dio a escoger entre si quedarme en la casa o seguir con él, a la atención hospitalaria”, inicia su relato el Senador.

“Llegué al hospital público Santa María Annunziata envuelto en el frío. Los conductores de la ambulancia vestidos estrictamente para protegerse del covid, seguían el protocolo a la perfección. El portero estaba asustado y corría para no estar cerca de mi. Tuvieron entre el portero de seguridad y los tripulantes de la ambulancia un altercado que me hizo sentir aún más solo, indefenso, mientras tiritaba del frio allí en aquel pasillo de la entrada del parqueadero, por la puerta de atrás, completamente cementado de gris y de tristeza. Esa sensación de soledad máxima que me embargaba como si me quisiera abrazar definitivamente con sus tentáculos de amor extraño, corría por mis venas y mi alma y me desesperaba, me dejaba huérfano, íngrimo, solitario en el final de los tiempos”, comenta luego de afirmar que fue trasladado del primer hospital en el que fue internado.

Según cuenta Petro cuando lo internaron “trataba de cerrar los ojos, de dormir, y no podía. Mire el nombre puesto en la cama de la persona que desesperada trataba de respirar: Paolo de la Terba. Él seguía allí despierto y yo adormecido, conectado a los tubos de las medicinas y del oxígeno, hasta que empezó a gritar quizás hacia la media noche. Las otras personas allí enfermas llamaron las enfermeras. Todas corrían, y al principio no entendía porque gritaban tanto. Se trataban de comunicar con Paolo sin quitarle la escafandra, que era como quitarle todo el oxígeno. Una de ellas ante el dolor que expresaba Paolo, le decía que le había puesto morfina, pero Paolo no se tranquilizaba. Veía su rostro crispado por el dolor, gritaba tenso desde el interior de su escafandra. Su desespero invadía todo su cuerpo, lo tomaba para sí. Gritaba “ayuta, ayuta” y se tocaba los brazos desesperado, quería quitarse la piel, quizás descansar”.

El senador indica que su compañero de cuarto partió de este mundo y vio como había un enfermero arrodillado a su lado “cuidándolo, limpiando sus heridas de las agujas con esmero, como un hijo diciéndole “amore”. Esa imagen no la olvidaré jamás. El enfermero joven, por fuera de sus obligaciones profesionales brindando amor allí arrodillado frente a Paolo, tratando de soportar al viejo, amoroso como los santos antiguos, como San Francisco de Asís, profundamente humano”.

“La muerte del covid había llegado y se había paseado frente a mi cama, -continúa- la vida desatenta como decía Miguel Hernández, la había dejado entrar y pasear por el lado de mi camilla, quizás me miró irónica, desdeñosa y se fue a abrazar al más débil, al más necesitado, al más solo. En esa noche se había llevado a Paolo delante de mí mismo. Me desplomé. Y cuando más ganas tuve de llorar, de desesperarme, recordé mi juventud primera cuando me llevaron a la tortura, cuando entregaron mi cuerpo a la cárcel. Era yo un joven que no había salido en realidad de su casa materna y de su pueblo y de pronto era entregado a la ferocidad de la mayor degradación humana”.

Luego de otras experiencias el senador relata que un día le dieron de alta, “Ya respiraba por mi mismo y todos los indicadores eran favorables. La neumonía se había retirado. Espere largas horas impaciente, iba a un baño desde el cual podía ver las nubes, el cielo azul y los campos. Cuando llegó el conductor de la ambulancia, después de horas de espera acuciantes, lo primero que hice fue sentarme al lado del Mario. Me daba tristeza dejarlo. Me sentía irresponsable. Quería acompañarlo hasta su restablecimiento, porque estaba seguro que un resistente como él, no moriría por el covid. Quería cumplir mi papel de hombre solidario, de hermano en la lucha. Y me costó separarme de su sonrisa. Dejarlo. Mi viaje en ese hospital publico había terminado”.

Y agrega, “todas las ideas de la competencia, del mercado, de las codicias, desaparecieron de pronto, allí en esa sala ante el empuje de enfermeras y enfermeros, de enfermos viejos aferrados a la vida, de su amor mutuo entre extraños, preparados para resistir. Sabedores todos que éramos luchadores, que pasábamos por el campo de batalla, que no solo dependíamos de nosotros y nuestros organismos, sino de los demás”.

Bogotá, (Colprensa)

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