¡Salgamos del sepulcro!

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¿Es posible salir del confinamiento espiritual al que nos tiene reducidos la pandemia del descreimiento? El ultimátum que nos dio el coronavirus y la extrema vulnerabilidad de la que nos hizo conscientes, no acaba aun de despertarnos a la plenitud de la vida.

El sepulcro de nuestro mundo es oscuro, muy oscuro, pero tiene grietas por las que se cuela la luz.

Nuestra fragilidad humana no tiene la última palabra, esta misma nos sitúa ante el abismo de lo inconmesurable, de lo infinito, ante la sed espiritual que no hace más que atraernos a saciarla en la completud de nuestra naturaleza trascendente.

Es tiempo de abandono, de fe, de confianza, de seguir el rayo de luz que nos roza desde la grieta abierta por nuestra finitud y nos dibuja un camino de salida.

Resulta connatural al  hombre vivir los acontecimientos del espíritu que suceden al interior del sepulcro, donde la muerte es sólo aparente. Es el preludio de la luz.

En esta Semana Mayor es fascinante escuchar al predicador de la casa pontificio, al cardenal Raniero Cantalamessa, cuando afirma:

“Todo sigue girando en torno a un tal Jesús que el mundo considera que está muerto y la Iglesia proclama que está vivo…”.

Insiste el padre Cantalamessa en que “Jesucristo es una persona y está viva”: “no es un recuerdo del pasado”; “no es una idea, un personaje histórico, sino una persona”, que “vive según el Espíritu”, es decir, de “una forma de vivir más fuerte que según la carne porque le permite vivir dentro de nosotros, no fuera, o al lado”.

Los católicos estamos llamados a convertirnos en territorio interior donde transcurre la pasión, muerte y resurrección de Jesús. A vivir esta semana contemplando y acompañando, desde la oración, a quien nos habita. A Jesús que transita con la humanidad este estadio de dolor y muerte ante la aparente ausencia del Padre.

“La persona no se conoce en su realidad, si no es entrando en ‘relación’ con ella”, asegura el Predicador. “Por eso no se puede conocer a Jesús como persona, si no es entrando en una relación personal, de yo a tú, con Él”.

Además, afirmó que “desgraciadamente, para la gran mayoría de los cristianos Jesús es un personaje, no una persona”. Y dijo que “si permanecemos en el nivel de la fe objetiva, sin desarrollar una relación existencial con Él, Él permanece externo a nosotros, toca nuestra mente, pero no calienta el corazón.

Recordó que “Al resucitar, Jesús no regresó a la vida de antes como Lázaro, sino a una vida mejor, libre de toda inquietud”:

“Esperemos que este sea el caso también para nosotros. Que del sepulcro en el que la pandemia nos ha tenido encerrados durante un año, el mundo -como el Santo Padre nos repite constantemente- salga mejor, no el mismo que antes”.

Es tan inexplorado nuestro mundo interior que en ocasiones de tanta fragilidad humana, como la que enfrentamos hoy con el coronavirus, vale la pena correr el riesgo de transitarlo, así sea en oscuridad. La Luz que se filtra por la grieta, nos llevará al camino de salida.

*Periodista*Defensora de DD.HH. 

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