HOY DIARIO DEL MAGDALENA
Periódico de Santa Marta

Las tributarias no resuelven los problemas

Cuesta mucho trabajo pensar en un momento más difícil para pasar la reforma tributaria más dura en la historia del país, que busca recaudar 30 billones de pesos -más del 3% del PIB- de un solo golpe. Y todo esto cuando estamos aún en medio de una crisis económica grave, con millones de personas que han vuelto a caer en la pobreza,  el desempleo en números récord, empresas cerradas y sectores enteros de la producción en cuidados intensivos. A esta situación se añade la profunda incertidumbre que genera la evolución de la pandemia y con un proceso de vacunación incierto y lento.

Pero hay que señalar que por dura que sea, la reforma tributaria es necesaria por tres razones.

Primero, para tapar el hueco creado por la primera reforma de Duque. Según cálculos del economista Sergio Clavijo, al aprobarse la reforma de 2019, los ingresos del Estado caerían cerca de 1 punto del PIB en 2022. Segundo, por supuesto, porque la pandemia afectó doblemente el erario público, aumentaron los gastos para atender la emergencia y, al mismo tiempo, cayó el recaudo por la parálisis económica que trajo consigo la Covid 19. Y tercero, y tal vez lo más importante,  porque desde hace años todos los analistas, expertos y economistas vienen señalando que es necesaria una reforma estructural al sistema de impuestos. En Colombia los impuestos están mal distribuidos, recayendo en un pequeño número de personas naturales y empresas. Según la Dian, solo tres millones ochocientas mil personas pagan impuestos y tres de cada cuatro empresas no están registradas y no pagan tributos. A todo esto hay que sumarle –(¿o restarle?) la evasión y la elusión de independientes y grandes terratenientes.

El colombiano es un sistema tributario complejo y limitado: los ingresos del Estado son muy inferiores al promedio de los países de la región, 19.3% del PIB contra 23.1% en América Latina. Por lo tanto, si queremos tener más servicios y bienes públicos, es necesario aumentar el recaudo, y eso no se logra solamente combatiendo la evasión. Peor aún, los impuestos no cumplen una de sus tareas esenciales como es la de redistribuir la riqueza. Al contrario, en nuestro país la desigualdad después de impuestos es igual que antes de su pago. En plata blanca, esto significa que después de cobrarle a los más ricos para ayudar a los más pobres, los pobres no son menos pobres.

La gran tragedia de Colombia es que llevamos 12 reformas tributarias aprobadas en los últimos veinte años, o sea una cada 18 meses. Y ninguna ha resuelto los problemas de fondo de nuestro sistema tributario. Desgraciadamente esta que se nos viene encima tampoco lo hará. Parece que nuevamente se privilegiará lo urgente y no se atenderá lo importante. El gobierno creó una comisión de expertos, pero sus conclusiones no se están aplicando plenamente. Al igual que hicieron con la primera reforma, el gobierno juega al gato y al ratón con partituras discordantes entre el presidente, el ministro de hacienda y el viceministro de la misma cartera. Los dos últimos lanzan globos sobre IVA al café, el chocolate o el azúcar, sobre un nuevo impuesto al patrimonio o poner a pagar impuestos a los que ganan más de 25 millones de pesos. Cuando la temperatura sube, el presidente desmiente y todos quedamos confundidos.

A la falta de claridad del gobierno y a su comunicación dubitativa y opaca, se suma la dificultad de pasar una reforma a menos de un año de las elecciones de congreso y un poco más de un año de las presidenciales. Desde la perspectiva política, entiendo la preocupación y el dilema del Centro Democrático. El partido del presidente, cuando era oposición al gobierno pasado, convirtió la reforma tributaria de diciembre de 2016 (y en particular el aumento del IVA) en uno de sus caballos de batalla electoral. Su eslogan de campaña fue “más salarios, menos impuestos”. Ahora le tocará tragarse el sapo más grande, más cerca de las elecciones y sea cual sea el resultado final, salir a defender la reforma en la campaña.

Los políticos no quieren nunca asumir el costo electoral de adoptar medidas impopulares ni quieren arriesgarse a perder el apoyo de los grandes donantes de campaña. El lobby de los grandes intereses económicos hará su festín en el Capitolio y de la colcha de retazos inicial saldrá un engendro que –como en las reformas anteriores—le dará gabelas y privilegios a unos cuantos y exprimirá a los que no tienen entrada ni apoyos parlamentarios.

Así las cosas, nos tendremos que aguantar la decimotercera reforma en dos décadas y tendremos que prepararnos para la siguiente con la llegada del sucesor de Duque a la Casa de Nariño.

* Internacionalista 

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