Analfabetismo histórico

 

Dice el adagio popular que quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Resulta, por eso, conveniente que después de que en 1984 la historia perdió la condición de materia autónoma y que en 1994 un decreto presidencial suspendió su enseñanza obligatoria en los colegios del país, se reviva ahora esa obligación que es fundamental para comprender lo ocurrido en Colombia durante el siglo pasado y antes, cuando sucedieron tantos fenómenos sociales y políticos que tienen consecuencias en lo que actualmente ocurre en el país.

La determinación del entonces presidente César Gaviria fue fusionar la cátedra de historia en las Ciencias Sociales, lo que infortunadamente tuvo como consecuencia que no se estudiara la historia de manera juiciosa. Quienes hoy tienen 27 años y menos no tuvieron la oportunidad de conocer en detalle, como sí lo pudieron saber las generaciones anteriores, los hechos relacionados con el pasado del departamento, del país y del mundo en forma sistemática. Lo que ocurrió desde entonces es que se vieron mezclados los temas de geografía, democracia, Constitución Política e historia, y la consecuencia es algo que podríamos llamar analfabetismo histórico.

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Es necesario reconocer que la luz verde que ahora da el presidente Juan Manuel Santos para volver a darle autonomía a la enseñanza de la historia se basa en una ley impulsada por la senadora Viviane Morales, quien formuló el proyecto con la asesoría de académicos y centros de historia en el país. Un sustento de tal idea es que en países desarrollados de Europa y en los Estados Unidos la historia nacional es una materia a la que se le da una gran importancia, mientras que el tratamiento que recibe en nuestro país es el de una «costura» o «relleno», para usar el lenguaje estudiantil. ¿Cómo lograr identidad nacional y compromiso con el futuro del país si se desconocen sus raíces?

La expectativa ahora es acerca de cómo será impartida y cuáles serán los contenidos, y en eso el Gobierno Nacional debe fijar directrices claras, para que su enseñanza resulte muy pertinente y objetiva. Ese será el trabajo de la Comisión Asesora que le ayudará al Ministerio de Educación a establecer el pénsum. Ahora bien, no solo se puede limitar a nombrar personajes y fechas, que era lo que existía antes de que se le empaquetara en las Ciencias Sociales, sino que se oriente alimentando el espíritu crítico e investigador de los estudiantes, de tal manera que se tenga campo para el análisis y para la discusión constructiva. Esa condición podría llevar a la formación de jóvenes más comprometidos con el devenir político, económico y social del país. El principio es simple: uno no puede amar lo que no conoce.

En un país que tanto ha sufrido y por tantas décadas con los conflictos armados es una irresponsabilidad que los niños y jóvenes crezcan sin saber con claridad lo que les pasó a sus padres y sus abuelos, o que lo sepan de manera sesgada y obtusa. Es fundamental que en los años venideros haya una apropiación de esa realidad, que incluso los contenidos del Centro de Memoria Histórica y de la Comisión de la Verdad terminen siendo insumo del pensum que se acuerde para impartir en las escuelas y colegios. Solo partiendo de conocer los hechos de manera fundamentada y con fuentes ciertas y serias, es posible construir ciudadanía. No podemos seguir siendo un país sin memoria.

Internacionalista