El que no quiere Uribe

Después del asesinato de Gaitán, tomando atajos para burlar las marchas que se improvisaron en Bogotá, los jefes liberales alcanzaron a llegar a Palacio hacia las seis de la tarde. A esa hora ya las gentes estaban borrachas con el trago que se habían robado en las licoreras del centro. El presidente Ospina los recibió –ellos sí, sobrios–, sorprendido porque él no los había invitado. Fue un funcionario del gobierno quien los llamó a nombre del mandatario. Llegaron Darío Echandía, Luis Cano, Carlos Lleras Restrepo, Alfonso Araújo, Plinio Mendoza y Roberto Salazar Fierro.

Aspiraban a que Ospina renunciara para que asumiera el designado, Eduardo Santos (liberal), quien se encontraba en Nueva York. Y el mandatario les respondió con voz de estado de sitio, para que lo escuchara su esposa, doña Bertha, quien estaba escondida, pero oyendo todo. Les dijo tajantemente: “Es preferible un presidente muerto que un presidente fugitivo”.

Se fueron al día siguiente hacia el medio día, sin que les ofrecieran ni un tinto, por orden de la primera dama, y les tocó conformarse con el anuncio de un gabinete de Unión Nacional en el que figuraba Echandía como ministro de Gobierno. En veinticuatro horas encontraron la solución, a pesar de que al final eso no condujera a nada.

En la situación de inconformidad que hoy vive el país, llevamos tres semanas de paro y de marchas y solo se ha conocido el ofrecimiento de gratuidad en las matrículas  universitarias. Ni siquiera han pedido la renuncia del presidente porque si lo hacen, quedaríamos peor. No se vislumbra ninguna solución. No han designado a los reemplazos de los ministerios vacantes, y me cuentan que uno de los trasladados –quien pasó de Comercio, Industria y Turismo a Hacienda–, todavía no se ha posesionado. Y ni hablar de la Cancillería cuya titular está prácticamente en retiro forzoso desde hace más de un año.

Al paso que vamos, dentro de un año el país va a votar por el que no quiere Uribe.

*Abogado*Historiador*Periodista 

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