¿Qué nos pasa en Colombia? 

Nuestra sociedad experimenta fuertes convulsiones, cuyas causas hunden sus raíces en el pasado y se exacerban con la pauperización generada por la pandemia. No se trata de fenómenos improvisados ni fortuitos.

Tampoco constituyen una situación aislada. La mirada hacia América, sólo encuentra hoy un espacio esperanzador con el apretado triunfo demócrata en los Estados Unidos. Sociedades partidas, confusión sobre los objetivos nacionales, impopularidad de la política, descontrol e ira ciudadana, angustia por los efectos devastadores del Covid-19, regímenes con déficit democráticos, migraciones e inequidad con menor crecimiento, son algunos de los síntomas de esta pandemia social en nuestra región.

Se convierte la sociedad en una torre de babel, con un impacto desorientador creciente, que solamente potencia la violencia y beneficia la aceptación desesperada a respuestas extremas. Los ciudadanos desinteresados en la cosa pública, ensimismados en sus angustias y anhelos personales, terminan enlistados en una solución bipolar, caracterizada por negar la existencia del otro.

Cuando el debate político se expresa en usar o no tapabocas, o se recurre a la violencia y al exceso de la fuerza pública frente al disenso, está claro que la democracia está echando para atrás y que pierden terreno la razón y la convivencia.

Es preciso reconocer que estamos en un cambio precipitado de escenario histórico, en una planeta enfermo, con una humanidad amenazada pero global y digital, en medio de lo que Naím anunció como el fin del poder.

Las sociedades se cansaron de las lógicas de la representación y de la participación, como hasta ahora se entienden. Se resienten las personas y los colectivos como no reconocidos por las instituciones políticas, y la desconfianza se erige como factor de deslegitimidad.

“La demanda de reconocimiento de la identidad de cada uno es un concepto maestro que unifica gran parte de lo que está sucediendo en la política mundial en nuestros días… gran parte de lo que creemos que se produce por motivaciones económicas en realidad está enraizado en la demanda de reconocimiento y, por lo tanto, no puede satisfacerse simplemente por medios económicos. Esto tiene implicaciones directas sobre cómo deberíamos tratar el populismo hoy”.

La democracia por salvar es la del reconocimiento de la diversidad y de las identidades superiores que integren a los humanos. El diálogo es a su turno, el camino para la defensa de la democracia, así como la confianza el reto para recobrar la adhesión a la política. No obstante, las fórmulas para alcanzarlos no están escritas, dependen de cada territorio y son producto de construcciones colectivas.

Es preciso agregar a la explicación de lucha por la identidad y la dignidad como causa de las expresiones ciudadanas de estos tiempos, lo que Martha C. Nussbaum describe como la monarquía del miedo que impera en las sociedades americanas- Miedo que se potencia gracias a meses de crisis sanitaria.

“Somos vulnerables y nuestras vidas son proclives al miedo… Nuestro relato de miedo nos dice que es fácil que sucedan cosas muy malas. Los ciudadanos pueden volverse entonces indiferentes a la verdad y optar por la comodidad de un grupo de iguales en el que aislarse y en el que repetirse falsedades unos a otros. Puede que comiencen a temer dar su opinión y prefieran el consuelo de un líder que les proporcione una sensación de protección como la del interior del seno materno. Y puede que se vuelvan agresivos unos con otros y que se culpen del dolor del miedo…”

Déficit de identidad ciudadana (dignidad) y miedo, son peligrosos virus que atacan el cuerpo social.

Frente a ellos, el liderazgo de los dirigentes que marquen la ruta conforme la Constitución Política y el compromiso unánime de los ciudadanos, son los biológicos inmunizantes para prevenir las enfermedades de la anarquía y el autoritarismo.

En esa vía, es preciso consolidar una voz única y potente por el respeto de todos por los derechos humanos. Veeduría nacional e internacional para que se prevenga y rechace cualquier forma de vulneración.

Las expresiones de protesta dentro de un cordón distintivo que encauce a los marchantes y se renueven a través de expresiones digitales y creativas, con capacidad para autoregularse, frenar el desconocimiento de los otros y la violencia moral. Así mismo, presencia de la fuerza pública como expresión cívica, con rechazo categórico al uso excesivo de los medios materiales de control, capaz de diálogo para construir y aplicar protocolos que conozca toda la ciudadanía.

Cuánto gana más en reconocimiento una protesta que recorre espacios al lado del transporte público, sin obstruirlo, y cuánto más aprecio a una fuerza policial medida y ponderada.

Y en paralelo a ese compromiso de construir protocolos para preservar los derechos humanos en medio de la crisis, se requiere identificar caminos concretos para que el diálogo fructifique a través de escenarios constitucionales (como ajustes al plan de desarrollo, comisión de concertación, iniciativa legislativa, mecanismos de democracia directa entre otros), capaces de construir respuestas precisas y prontas.

“La identidad se puede utilizar para dividir, pero también para integrar, como se ha hecho en el pasado. Ése será, al final, el remedio contra la política populista de nuestros días”.

Es tiempo de la movilización para construir nuevas identidades comunes, de actuar solidariamente y de reaccionar con valor cívico, para hacer que este momento de angustia de la vida nacional, se transforme en el camino a un mejor futuro, en el que todos aporten y a todos incluya.

*Abogado

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