¡Sálvese quien pueda!

Y como pueda… Es tal el aturdimiento que produce la avalancha de información que circula, entre real, mentirosa, prefabricada, contradictoria y manipulada, que amenaza con sepultar nuestra capacidad de raciocinio. Resulta casi imposible acompasarla con la magnitud de los hechos y mucho menos con la verdad. Porque el lenguaje y, más que el lenguaje, la argumentación, se ve disociada de esta. La violencia que nos tiene secuestrados con los grilletes del miedo encontró, en la confusión que produce esta avalancha, el medio para “legitimarse”.

Es casi imposible para el ciudadano corriente procesar qué es verdad y que no lo es, máxime cuando muchos de los más destacados profesionales del periodismo parecen haber olvidado que no se puede ser neutral frente al Estado de Derecho, se está con la democracia o por fuera de ella. No se puede igualar un vándalo, financiado con dineros del narcotráfico, con una autoridad legítima, sin que se pierda la credibilidad.

La incoherencia de la información sobre el virus y la violencia, conduce a una profunda desconfianza en los emisores. Por ejemplo, resulta incomprensible que a más propagación y muertes ocasionadas por el covid19, los promotores del paro envíen masivamente a la gente a las calles con el riesgo de contagiarse y morir, mientras las autoridades liberan totalmente las restricciones, que hasta hace poco consideraban indispensables para preservar la vida ¿Quién responde por los contagios y muertes ocasionados por este paro “armado”?

El primer objetivo de los estrategas que están dejando sin aire nuestra democracia fue aislarnos de las autoridades legítimas y lo lograron. El sentimiento predominante es la orfandad. Nos sentimos desprotegidos y a la deriva. Rehenes del miedo. Y es aún más grave el mal que contagió a muchos de nuestros dirigentes: La tolerancia complaciente de quienes creen que van a sobrevivir, mimetizados tras las zonas grises pro-violencia. Pasarán a la historia como demócratas vergonzantes que entregaron nuestra institucionalidad, desconociendo olímpicamente la Constitución y la ley. A Dios gracias, hay excepciones.

Otro de los objetivos, conseguido mucho antes de empezar las marchas fue el de satanizar y caricaturizar el ejercicio de la autoridad legítima del Estado y de las instituciones. Una de las armas, paradójicamente, es la defensa a grandes voces de los «derechos humanos», pero sólo de algunos humanos. Siempre y cuando esos humanos no sean policías. Hacen caso omiso de los intentos de la turba por desaparecerlos literalmente en una hoguera, mientras se ensañan contra la institución por los desafueros de unos pocos, hoy procesados con nombres propios.

Con esta violencia sistemática, financiada con dineros ilícitos y cuidadosamente planificada, nos está sucediendo como en el cuento del pastorcito mentiroso, que muchas veces alertó a la población: ¡Viene el lobo! (del socialismo del siglo XXI) y la población corría asustada y no veía nada. El pastorcito terminó caricaturizado como mentiroso y extremista. Ahora que el lobo está a las puertas, por más que grite el pastorcito nadie le cree.

Se decía que Colombia era el muro de contención del Socialismo del siglo XXI. Ahora tambalea el muro y desde adentro se socava la legitimidad de los cimientos.

*Periodista *Defensora de DD.HH. 

También podría gustarte