‘La forma del agua’, con olor a ‘Oscars’

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“La forma del agua”, la espléndida fantasía de Guillermo Del Toro, encabeza las nominaciones a los premios de cine de la Academia Británica de Cine y Televisión (Bafta) con 12 nominaciones. 

 

Ampliamente galardonada, esta cinta de Guillermo Del Toro (“Cronos”, 1993, “El espinazo del diablo”, 2001 o la laureada “El laberinto del fauno”, 2006) ofrece al espectador una serie de sentimientos, que sin lugar a dudas la disfrutará en todo su dimensión. Y es que el cineasta pone toda su destreza para darnos una fábula sobre los afectos de una amistad.

Y es que en este contexto, con ritmo lento en sus fotogramas, y, sin caer en los clichés; la fábula apoyada con la música virtuosa de Alexandre Despalt, nos cuenta una bella historia de amor (ambientada en los años sesentas) de una mujer llamada Elisa y, en un contexto político que, a mi juicio es válido, pero que en el fondo, transfiere poco a una relación iniciada entre ella y un anfibio humanoide.

El mito amoroso entre un ser bello y la bestia no tiene origen en  alguna  película de la historia del cine, sino que se halla en los albores de la historia de la humanidad. De todas formas, el cineasta mexicano retorna a un mito antiguo y que además se encuentra en la historia del cine, pero que ya formaba parte del imaginario colectivo, mucho antes de la invención del cinematógrafo.

Con algunos elementos del terror gótico de las primeras películas de la “Universal” y con novedosos elementos de ciencia ficción, toda la historia adquiere el tono de thriller, para llevarnos de la mano de los intereses de los protagonistas. Con muchas referencias cinéfilas y con algo de nostalgia a la serie B que se palpita en el filme del cineasta mexicano, Sally Hawkins interpreta a Elisa, la limpiadora de un laboratorio de Baltimore, junto a su amiga Zelda (Octavia Spencer).

Gonzálo Resprepo Sánchez

 

Evocando de alguna manera la película, “Creature from the Black Lagoon”, 1954, de pronto, y a lo largo de toda la película en su intriga secundaria, surge la idea de que el monstruo es un animal salvaje (sin estar en su hábitat natural). Y es que en este sentido, el debate de hacer un negocio con lo descubierto, pone por supuesto a la ciencia como válido opositor a dichas intenciones. El anterior argumento, por supuesto que evoca a cuestiones ya observadas en otros  muchos filmes (como “Parque Jurásico”, de Steven Spielberg, 1993). Pero como en todo este tipo de fábula, el empresario ambicioso corre su propia suerte.

Para terminar, estamos pues ante un cine que tiene validez en la medida que sus cineastas transfieran una cinefilia evocando aquellas películas de ciencia ficción de bajo presupuesto. Títulos como “Tarántula”, 1955, “El increíble hombre menguante”, 1957 y el recuerdo a uno de los monstruos más emblemáticos de la Universal, “La Criatura del Lago Negro”: un mutante de semblantes anfibios y humanos que se volvería a refrendar en secuelas como “La venganza del monstruo de La Laguna Negra (1955)” y “La criatura camina entre nosotros (1956)”.

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