Creí que era así

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Hace mucho tiempo escuché una historia que hoy comprendo en la plenitud de su significado. Un grupo de jóvenes compartió sus estudios universitarios durante cinco años. En el último semestre, una de las nuevas profesionales sorprendió a sus compañeros al llegar a clase con unos anteojos muy gruesos porque le habían diagnosticado un problema serio de visión. Los amigos, inquietos, le preguntaron: ¿Y cómo hacías antes para ver sin anteojos? “Yo creía que el mundo era así”, respondió.

Con las víctimas de la violencia sucede algo parecido. Algunos académicos preguntan ¿Por qué hablar de víctimas en Colombia y no de sobrevivientes? Por una sencilla razón: muchas de estas personas no sabían ni siquiera que eran víctimas, que tenían derechos, que estos fueron vulnerados y que deben ser resarcidos. Pensaban “que el mundo era así”….

La joven que vió todo borroso y distorsionado durante gran parte de su vida, lo consideró normal. Así era todo su universo. La víctima de violencia nacida en medio de la guerra en su pueblo, cuyos abuelos y padres sufrieron vejámenes, que no conoció autoridad alguna que pusiera límites e impartiera justicia, consideró el devenir de la violencia como algo natural. Soportó el sufrimiento adherido a los huesos como parte consustancial de un destino ya trazado e inmodificable.

Ese era su universo conocido.

¿Qué significa el destape mundial y exponencialmente progresivo de la violencia contra la mujer? ¿Hay más violencia hoy contra el género femenino? No. Millones de mujeres en el planeta creían que “el mundo era así”. La ignorancia, el miedo y la culpa inyectadas por la sociedad, aliadas con el silencio, ejercían el control y garantizaban el candado.

¿Cuántas abuelas y bisabuelas en nuestro país soportaron en silencio, por “el bien de los hijos”, las agresiones de sus esposos, los golpes, las infidelidades, el machismo autoritario que las llevaba al servilismo? Toleraban gritos y humillaciones, convencidas de que ese era el “deber ser” de la vida en pareja. Y si se atrevían a cuestionar su situación, venían las consideraciones que las confirmaban en la conveniencia de guardar silencio: la falta de recursos económicos para subsistir, el que dirán, las convicciones religiosas mal entendidas. El mejor retrato de esa situación es la caricatura, asombrosamente actual, de la mujer golpeada en la calle por su acompañante. Alguien trata de ayudarla y ella grita:”Esto lo arreglamos entre nosotros. No se meta que es mi marido y tiene derecho”

¿Cómo es posible que esto suceda hoy, en pleno siglo XXI? Ya respondieron las mujeres de Hollywood, las actrices, los íconos de la belleza, el éxito y el poder. Las admiradas y consideradas invulnerables le cuentan al mundo que también han sido víctimas de acoso sexual y sicológico, de matoneo, de inequidad laboral, de abuso de poder. Confiesan que ellas también callaron. Rompieron el silencio exigido a la mujer para llegar a la meta. Perdieron el miedo a quedar expuestas. Ahora se acompañan. Se cansaron de aceptar que “el mundo era así” y este destape ya no lo para nadie.

Las mujeres del mundo se empiezan a poner los lentes, dejan de ver borroso el universo de sus derechos para, finalmente, comprender que el mundo NO es así.

Ahora les pertenece.

Escritora y Periodista

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