Cambiar lo inadecuado

Los tiempos actuales demandan como también reclaman, dirigentes preclaros, capaces de afrontar los desafíos que el momento histórico reclama. Mandatarios valientemente honestos, convencidos que pueden hacer bien y mejor los asuntos propios de su encargo, con tiempo para encarar el presente, pensar y repensar el futuro, concentrarse en cumplir con la encomienda recibida, responder a la confianza en ellos depositada. No traicionar ni sacrificar su trascendencia histórica por satisfacer desmesuradas apetencias pecuniarias personales ni de grupos. Entender que es época de innovación y cambios.

La democracia, enseña la experiencia, tiene como constante el cambio, por lo que no le es dable extraviar su razón, ni consentir reelecciones indefinidas así convenga a los intereses de los poderosos. Debe haber alternancia en el poder, principio universal de ética política. Nunca autoritarismos, que ahogan los ideales democráticos de los pueblos, en la verdad que lo autoritario acapara las funciones del Estado. Nunca perder de vista que el concepto moderno de democracia, que surgiera a finales del siglo XVIII como una expresión política de la idea de igualdad entre los hombres y su aplicación en los ámbitos de la vida social, no puede quedar sometida a perversiones, caprichos ni a perniciosos vaivenes.

No debe ni puede permitirse seguir permitiendo que el ideal democrático se desenfrene y corrompa para justificar formas de gobierno que, en la práctica, contrarían sus valiosos principios. Palabras más, palabras menos se sostiene desde distintas tribunas de opinión, que la pasión por la violencia y la proclividad a la tiranía engendraron los totalitarismos y los autoritarismos; que bajo la pesada sombra de los totalitarismos de Estado (fascismo y comunismo) la libertad individual se consume, marchita y extingue; y, que ya sea por convencimiento o por el uso de métodos coercitivos lo cierto es que el ciudadano, para sobrevivir, acaba aplaudiendo al tirano que lo aplasta, lo que es más que una depravación.

Los autoritarismos, sostiene otros, se entronizan en sociedades como las nuestras por ser institucionalmente débiles, carecer de fortalezas, tener una muy poca cultura política, haber poca libertad de expresión y un limitado derecho a la crítica; la sola opinión del autócrata y la sola verdad del gobierno; ser posible y hasta volverse indefinida la continuidad de un régimen por tergiversarse los principios democráticos, mismos que deben ser sagrados por antonomasia y convocar el respeto de todos en su beneficio, máxime por cuanto si la corrupción es evidente, se pierde toda credibilidad, de allí que quien la denuncia es leal a la democracia, y quien la consciente desleal con la colectividad. [email protected]