Pueblo afgano entregado a su suerte

Imágenes de civiles desesperados que quieren huir a toda costa de Afganistán; testimonios de mujeres que se preparan para volver a vivir la pesadilla que les impone el radicalismo y una distorsionada interpretación del Corán; el pueblo afgano de nuevo entregado a su suerte. La insurgencia talibán se ha tomado el poder después de una rápida campaña militar de tres meses, desde que Estados Unidos inició el retiro de sus tropas con la autorización de Biden. Este hizo realidad el acuerdo entre el gobierno de Trump y los talibán, para poner fin a una guerra de 20 años que costó la vida de 2.448 militares estadounidenses, 3.846 contratistas y 66.000 militares y policías locales.

El ejército afgano, armado y entrenado por Estados Unidos, nunca plantó realmente resistencia a los talibanes, y estos llegaron a la capital, Kabul, sin ninguna dificultad después de la huida de los principales miembros del gobierno. El grupo insurgente no aceptó una transición, a pesar de que muchos países repudiaron la toma del poder por medio de la fuerza, ignorando las negociaciones que estaban en marcha con el soporte de la comunidad internacional. El futuro es sombrío. Aunque la retórica de los talibán se ha moderado y ahora hablan de constituir una nación islámica abierta, sus creencias extremistas en realidad no han cambiado.

Toda la evidencia sugiere que desean la restauración del viejo sistema de emiratos, en el cual un emir, que es un líder religioso no elegido, será quien en última instancia tome las decisiones de gobierno basado en una estricta ley de origen divino, según ellos. En esas condiciones, no se puede esperar que cambie la actitud frente a las mujeres, las grandes perdedoras del retorno de los talibanes. El núcleo de su ideología es fundamentalista, en particular en lo que se refiere a ellas. La ley estipula que solo podrán salir en pocas ocasiones de sus casas, y si lo hacen se tendrán que cubrir completamente con un burka y estar acompañadas por un varón de la familia.

Muy seguramente, las mujeres afganas perderán los avances que habían obtenido en estas dos décadas, en cuanto se refiere a los derechos sociales, políticos y de educación. La decisión de salir de Afganistán fue en su momento aplaudida por la opinión pública estadounidense. Nadie se imaginaba, sin embargo, la velocidad con la cual el país iba a colapsar. En medio del juicio político a que ha dado lugar ese desmoronamiento, los costos se están cargando al presidente Biden, a quien se acusa de no haber planeado cuidadosamente el retiro de las tropas. Se le compara con lo vivido en Vietnam en 1975, cuando los estadounidenses tuvieron que batirse en retirada y dejar el país en manos del comunismo, aunque en este caso sea bajo el mando talibán.

Para muchos, Afganistán va a pesar como un fardo en el legado que quiere dejar Biden y es su primer gran fracaso de política exterior, dado que acarrea peligrosas complicaciones a la seguridad del mundo y es una traición contra los afganos. Un Afganistán gobernado por los talibán puede convertirse, como en el pasado, en una base del terrorismo internacional y en un factor de desestabilización de la región.

De otra parte, ya empiezan a conocerse los primeros abusos y la violencia de los talibán. Existe una obligación con los afganos más expuestos, porque fueron parte del esfuerzo de guerra estadounidense. En general, Estados Unidos no puede eludir la responsabilidad moral que tiene en esta tragedia. Es de esperar que ésta no se detenga acá y empeore. La presencia de diferentes tribus y facciones hacen prever enconados conflictos por el poder y, muy seguramente, el estallido de una guerra civil.

* Internacionalista 

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