Javier Ayala, el gran periodista económico 

Nos conocimos con Javier Ayala en el año de 1968, cuando él estaba en El Espectador y yo en La República. Jugábamos un partido de fútbol entre los equipos de los dos periódicos en la sede de la 68, y a mitad del segundo tiempo, en un choque con un compañero mío, Javier se fracturó la tibia y el peroné.

Inmediatamente lo cogí por la espalda, lo alcé, y un compañero de él por la parte superior de las piernas, y lo llevamos a un auto pequeño en cuyo asiento trasero quedé aprisionado por el cuerpo de él. Salimos para el Hospital Militar, donde lo recibieron en camilla y lo llevaron a cirugía.

En el entretanto, Javier me dio su número de teléfono para que le avisara a su esposa, y así lo hice desde el público que había allí, después de que alguien me regalara una moneda de 20 centavos. Cuando terminé la llamada, salió el médico de urgencias y al verme con el uniforme distinto al de Javier me increpó: “Usted es un salvaje, cómo le pegó en esa pierna, por Dios”.

Le tuve que explicar que yo no había sido, que el autor era un compañero de equipo. Lo dejé en las manos de su esposa y salí a buscar un taxi. Nadie me paraba, pues estaba en uniforme de futbolista y guayos. Al fin pude volver a la sede de El Espectador, pero ya no había nadie. Regresé entonces a La República y me tocó pedir prestado para pagar el taxi.

Ahí empezó esa gran amistad con Javier, con quien luego compartimos, desde 1975 hasta 1982, la redacción económica de EL TIEMPO. Luego tomamos caminos distintos: yo, a Palacio como secretario de Prensa; él, con Gabriel Ortiz a montar Prego Televisión, al que ya como director de Inravisión me correspondió el honor de adjudicarle, con una junta directiva presidida por Bernardo Ramírez, el noticiero de las 9:30 de la noche por el Canal A.

Tengo el vivo el recuerdo de cuando le anuncié esa decisión y después de dar las gracias, simplemente me dijo: “¿Y no se pudo en el Canal 1?”. Hicieron, sin duda, un gran noticiero que hizo historia, pasó por enormes dificultades financieras, pero hasta el último momento les evitamos, con la ministra Noemí Sanín, la caducidad administrativa. Y salieron adelante, no por mucho tiempo, desafortunadamente, por el entorno que rodeó la desaparición de la adjudicación por espacios.

Siempre tuvimos lugares comunes, en el Círculo de Periodistas de Bogotá en el que ambos fuimos presidentes. Ambos recibimos el premio a la vida y obra de un periodista y ambos estuvimos en 6AM-9AM de Caracol, junto a ese gran maestro de la radio, Yamid Amat, al lado entre otros, de Julio Sánchez, Alberto Casas y María Isabel Rueda. Javier fue reconocido nacional e internacionalmente como un maestro de periodistas económicos, en particular, y como un gran Decano en todos los sentidos.

Cuando su corazón se detuvo a las 12:22 de la tarde del miércoles pasado, el corazón se nos partió en mil pedazos.

Informado como pocos de la realidad nacional en los campos económicos y políticos, era un gran tertuliador. Disfrutábamos de la manera como contaba todos los hechos noticiosos y todas las fantasías que se tejían alrededor de ellos.

En los últimos años, al lado de su otro gran amigo, Gabriel Ortiz, pero también de Román Medina, Germán Santamaría, Jaime Viana, Óscar Alarcón, Luis Guillermo Ángel, Tulio Ángel y María Inés Pantoja, teníamos un grupo de WhatsApp denominado ‘Abuelos felices’, nos reuníamos periódicamente antes del maldito covid y hasta último momento mantuvimos viva la esperanza de su recuperación.

Les hará falta al país, al periodismo, a su querida familia, con Carmen a la cabeza; a sus hijos, a los amigos. Su vacío será inmenso. Lo recordaremos por siempre y paz en tu tumba, querido y entrañable amigo Javier.

Mi hija, la psicóloga María Angélica, conocedora de mi entrañable amistad, me escribió: “Él seguirá siendo parte del grupo de los abuelos porque seguirá en la memoria de todos ustedes”./El Tiempo

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