El reportero que murió dos veces

Hay personas que mueren de verdad y de mentira. Hace muchos aguaceros,  la “muerte” del periodista Javier Ayala se regó en las redes como verdolaga en playa. Felizmente, era un falso positivo.

Como trabajé bajo su batuta en la agencia de noticias Alaprensa, le escribí  para celebrar que siguiera en circulación:

Aliviado Javier, saludos. Celebro que estés como un tiro. Siempre te he visto en acción, lúcido, camellador, mamagallista, serio a la hora del té, solidario con la tropa, gran periodista y mejor persona, jefe justo y sabio, gourmet-gourmand empedernido, devorador de toda clase de papeles, mejor si es periódico que sale con tu oficio, chivoso a rabiar. Integras la cofradía de los que empezamos a ejercer como  muebles viejos, abuelos irresponsables, rumberos en retirada, bohemios de agua bendita o licor con harta agua, candidato a que el bisturí corte presas sobrantes. A tus espaldas, tus colegas y amigos nos peleamos la presidencia de tu club de admiradores.

Su respuesta:

“Cómo dice el gran Rulfo, yo sigo viendo envejecer mi infancia. Pero ahí vamos. Espero verte pronto con (Fernando) Barrero, (Jaime) Viana, (Gabriel) Ortiz,  etc.  Un gran abrazo y gracias por escribir para tu inmenso grupo de amigos. Javier”.

Pero el hombre propone y el coronavirus dispone. El bicho se llevó al brillante colega y maestro que conservó siempre su cara de niño hasta sus 79  años que había cumplido el  9 de agosto, el mismo día que fue internado en la clínica por Covid-9. Ironías te depara la vida, caballero.

“Cuando un amigo se va”, como en la canción de Cortez, se alborotan nostalgias y lecciones. Una de ellas nos la compartió en su oficina de la Alaprensa, la agencia que fundó con su paisano Gabriel Ortiz.

El par de cartagüeños andaban juntos como los punticos de la diéresis. Se enfermaba o se aliviaba uno, y lo mismo le ocurría al otro. Si la amistad no existiera ellos la habrían inventado.

En tardes sabatinas  huérfanas de noticias,  Ayala  invitaba a un trago y proponía lecturas de sus amados Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa, o los  duros del  Nuevo Periodismo.

Luego, convertido en Banco de la República, preguntaba si necesitábamos plata para estirar la velada lejos de la oficina. Y de la casa.

Alguna vez nos compartió la lección de periodismo que recibió de Enrique Santos Castillo, el legendario Editor de El Tiempo.

Ayala contó que don Enrique le cantaleteaba que el periodista no era la noticia y que mientras menos apareciera, mejor.

Y en el libro “Anécdotas y lecciones de periodismo”, del fallecido Edgar Artunduga, Javier confesó que “la mejor lección que me ha dado la profesión es la humildad… Tenemos que encontrar la manera de ejercer esta actividad con menos propotencia”.

Paz en la tumba de quien para no dejarse chiviar de la pelona murió dos veces.

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