Elogio de la humildad

Quisiera contar esta historia empezando por “había una vez” un ser humano muy bueno que me encontré en el camino espiritual. Camina sonriente como un niño desprevenido en sus sandalias carmelitanas, con la mirada limpia, ojos vivaces y los brazos dispuestos para levantar a quien encuentre tendido en el camino. Viaja sin equipaje, viviendo las historias que se suceden mientras transita por las páginas del evangelio, que él hace vida. Es un narrador protagonista. SÍ. Protagonista sin ego porque transparenta a Otro, que el mundo moderno niega, desconoce o persigue, considerándolo consuelo para “ignorantes”. Es el fraile Miguel Márquez, quien ha convertido su humildad y confianza en Dios, en dos alas para surcar el mundo y entregar Esperanza a quienes buscan sanación para los males del alma.

Su elección como superior del Carmelo, en Roma, me reconcilia con la Iglesia. A veces asusta mirar a los ojos de algunos jerarcas e intuir su descreimiento. Si llega a dudar el mediador, algo por dentro se rompe en el creyente, hasta que uno se encuentra con seres unificados, íntegros, con ese halo de trascendencia, con las sandalias hundidas en el fango y los arenales de la tierra, pero la mirada puesta, con naturalidad, en un horizonte que desconocemos. En ese algo que ellos ya vieron con los ojos del alma y que dedican su vida a dar testimonio de su existencia.

El padre Miguel encarna el “desasimiento” teresiano. Ese despojo del que tanto aprendimos en la pandemia. Enfermedad que nos recordó lo efímeros y vulnerables que somos. Nos trajo la conciencia de la muerte que tanto esquivamos los seres humanos, pero es precisamente ese descenso interior, el que nos invita a celebrar la vida, lo que realmente tiene valor y a soltar lo que sobra.

Dos o tres días antes de su elección, así oraba el padre Miguel, en voz alta: “Lo más importante es la integridad, la coherencia y escuchar el silencio. No temer lo que pueda venir, porque lo importante nos nace en la pobreza, en las manos vacías y en los pies dispuestos a caminar. Lo mejor de mi vida me ha pasado cuando me he fiado y no me he sentido seguro de mí. Cuando he dicho “¡Hágase!”. Aquí estoy para lo que tú quieras”.

En el “Hospital de Campo” nos acompañó durante muchas noches de confinamiento con sus relatos sobre los largos días de voluntariado en un Hospital de Madrid, acogiendo con amor a pacientes de covid. De una manera osada bendecía la vida y la muerte, los nacimientos terrenales y también los eternos.

Este fraile, hoy superior de los carmelitas, es un “médico de la Misericordia” para Colombia y el mundo. Un sanador de almas. Invito a los lectores de esta columna, a ver en YouTube una sentida oración que hizo recientemente, en Cristovisión, por la curación de las heridas en nuestro país, desde Tenerife, España. https://youtu.be/DNYivV53vIk

Nos invitó a recomenzar, a “no detener el grito interior, a dejar que vuelva a nacer lo que parecía dormido”

Notas Relacionadas