Rechazo al populismo y el autoritarismo

La pandemia ha exacerbado los temores de los individuos y agudizado los problemas sociales. La anhelada reactivación enfrenta retos mayúsculos y aun cuando la economía parece reaccionar favorablemente, la movilización social en modo pausa y la polarización en las posiciones políticas, pintan un escenario inédito en el ámbito latinoamericano.

A la par con estos fenómenos, el recrudecimiento de la delincuencia y la percepción de inseguridad ciudadana, abren peligrosos espacios para propuestas populistas y autoritarias, con tinte ideológico de cualquier extremo.

Si como lo afirma Martha Nussbaum, el miedo impone su monarquía en la crisis política actual, entonces la democracia podría entrar en su ocaso, apropiando la terminología de Anne Applebaum, pues viven las sociedades momentos de incertidumbre y temor.

Colombia experimentó por décadas un conflicto armado, que se consideró predominantemente periférico, para luego padecer ataques criminales provenientes del narcotráfico que pretendieron tomarse las ciudades. En tiempos presentes, la criminalidad cotidiana impacta las costumbres, siembra temor y provoca desconfianza, en demérito de la autoridad, la que por demás es cuestionada en una sociedad en la que no se aprecian con claridad las consecuencias para quienes quebrantan las normas, ni existe una cultura social de cumplimiento y decencia.

La realidad y la percepción de inseguridad en las calles puede confundir la conciencia ciudadana y caldear los ánimos políticos, para provocar reacciones que pongan en peligro la democracia y el Estado Social de Derecho, asociadas a expresiones de xenofobia, acumulación de poder, restricción irrazonable de derechos y división social agudizada.

Más allá de lo anterior los gobiernos liberales, deben enfrentar nuevas dinámicas para ponderar la dignidad y el bienestar de los asociados, con el uso de esquemas de control, vigilancia y restricción de derechos.

Las movilizaciones en Europa en contra de la vacunación obligatoria o de la aplicación de medidas de control sanitario, son la punta del iceberg de ese fenómeno contemporáneo.

La vigencia de un Estado “gran hermano”, capaz de impactar la privacidad individual y de aplicar tecnologías en materia de identificación personal, ubicación, seguimiento e inteligencia artificial (como también lo puede hacer el mercado), es una realidad y toca la conciencia de la nueva política.

Por todo ello, es esencial que la sociedad y sus líderes reaccionen con razón, deliberación y creatividad para construir el escenario de una autoridad democrática renovada, respetuosa de las libertades esenciales – base de la dignidad individual – y de los intereses colectivos.

La alquimia necesaria en ese propósito compromete institucionalizar el diálogo y dinamizar los mecanismos democráticos, tanto como fortalecer la autoridad y su reconocimiento social, por lo que implica construir colectivamente una conciencia cívica, a partir de reformular una visión colectiva y de humanidad.

Indispensable resulta aplicar una disciplina social autoimpuesta y con control social efectivo. Junto a la reacción estatal, la ciudadanía debe rechazar las conductas que afecten a los colectivos y generar esquemas de promoción de buenas prácticas de convivencia y solidaridad.

También se requiere una democracia con autoridad, esto es, resulta indispensable la mayor participación razonada de los ciudadanos, la cualificación en el servicio público, erradicar la corrupción y posicionar la decencia en el manejo de la cosa pública.

Efectos sancionatorios para quienes no acaten las normas, no solo penales; reformulación del derecho punitivo del Estado, entendiéndolo más integralmente, desde la expresión policiva; uso obligatorio y universal de las tecnologías con fines públicos e información clara para los ciudadanos; fortalecimiento del ministerio público para la garantía de derechos individuales y reconocimiento de esa misma garantía para los derechos colectivos; digitalización para la mayor eficacia de la justicia y descongestión, promoviendo resolver conflictos en fases anteriores a la judicial; estrategia nacional y territorial de cultura ciudadana para una Colombia cívica, incluyente y disciplinada. Son algunos de los capítulos por evaluar.

Si el Estado liberal no es capaz de reaccionar contra el miedo, no faltarán quienes se aprovechen de este para hacerse con el poder y transformar instituciones democráticas en remedos autoritarios.

La decisión y el compromiso deben ser de todos los ciudadanos. Prevenir que el temor marque la ruta de la política es una prioridad, tanto como la creatividad y el liderazgo para, desde un sueño posible de país, guiar a individuos y colectivos en el respeto a la ley y a la convivencia.

Se requiere una autoridad con más legitimidad, confianza y aceptación que poder. Menos normas, mas lógica. Menos armas en manos particulares y más recursos de inteligencia y reacción digital. Menos llamados a la violencia y más capacidad de diálogo, para que se reconozca la autoridad legítima y se fortalezca la democracia, a partir del uso razonable de la libertad y la realización de propósitos comunes.

Es preciso lograrlo. El llamado es a la reflexión y a la acción. Estamos a tiempo.

*Exviceprocurador General y director del centro de estudios sociales de la OISS 

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