Lecciones

35

El mega escándalo de corrupción en el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones aconseja que se aprendan más lecciones obvias. Es que este problema tan grave no puede repetirse. En realidad jamás ha debido ocurrir. No es la primera vez que un ministerio realiza contratos de esta dimensión. Y este Ministerio tiene una larga tradición en esa materia así las gestiones respectivas fueran adelantadas principalmente por institutos descentralizados como Telecom o Inravisión.

Se debiera hacer un estudio detallado para identificar los errores que se cometieron. Y, así, encontrar fórmulas eficaces que impidan cualquier repetición. O cualquier intento similar.

No se entiende por qué cada escándalo -y son muchos en las últimas décadas- no da lugar a la construcción de un caso que sirva para la enseñanza y, también, para deducir correctivos, lecciones y aprendizajes.

Las oficinas jurídicas de los ministerios y agencias debieran compartir conocimientos y experiencias. Unas tienen más experiencia que otras.

Antes había alguna continuidad de sus respectivos funcionarios. Hoy son más pasajeros. Y en su defecto, la Agencia de Defensa Jurídica, hoy dirigida por Camilo Gómez, debiera jugar un papel preventivo, como la Contraloría y la Procuraduría. Son miles de funcionarios, muchos de ellos con reconocida experiencia, pertinente no teórica, que han conocido muchos casos.

¡Es que es tan notoria la ausencia de aprendizajes! El caso de los programas de alimentación es desesperante. Una y otra vez, lo mismo. Y como si fuera la primera vez. Pero no. Los escándalos aparecen repetitivamente. Y sabemos que el ciclo de vida de la deplorable noticia se desvanece en pocas horas y revive cuando surge otro y uno como que cree que es el mismo. Pero no. Es otro. Igual pero diferente. En otra ciudad, en otro departamento. Como que los contratistas sí aprenden las lecciones que les permiten defraudar a niños y ancianos, descaradamente.

Es cierto para los elefantes blancos que son de vieja data. Para las construcciones deficientes. Para las sinfonías inconclusas. Para los escenarios deportivos en diferentes ciudades. Para las compras de equipos obsoletos o que nunca se utilizan. O de fármacos vencidos que luego vuelven a empacar con fechas de vencimiento nuevas y falsas, etc., etc.

Que las empresas criminales hagan el oficio de aprender y los demás nos desentendamos, es algo incomprensible. Absurdo. No puede continuar así.

Tengo bien sabido que escribir sobre la corrupción o las empresas criminales es tiempo perdido. Pero el caso reciente me ha sacudido, otra vez, y por eso sin ninguna ilusión de que sirva para algo he elaborado esta columna. ¡Si no es tan difícil aprender!

Lo que hasta aquí se ha dicho es prácticamente lo mismo que escribí cuando llamé la atención sobre la utilidad de hacer una Lista de Control que permitiera, aún al funcionario más despistado, hacer las cosas bien, particularmente aquellas que le cierran a las organizaciones criminales la posibilidad de asaltar los recursos sagrados del Estado.

Una vez más, es evidente que no se trata de casos de corrupción individual. Aquí, como en la casi totalidad de los escándalos viejos y nuevos, se comprueba el desempeño de organizaciones criminales complejas, en las cuales participan exfuncionarios, abogados, gente del común, en ocasiones cándidamente los funcionarios de turno y, en otras dolosamente, funcionarios que entran al servicio público con clara intención criminal.

*Exministro de Estado 

Notas Relacionadas