Fatalidad

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Sino cruel que golpea despiadadamente y se apareció en la vía Santa Marta a Gaira. La tragedia, cualquiera que  sea, contrita el sentimiento humano. Es temida por todos y nadie la desea. Ante ella se inclina reverente y solidario el colectivo social. Concita a lamentar el resultado fatal; la pérdida de vidas y el duelo de los deudos. Mueve también a tener cristiana compasión por el ser humano que sufre el tormento de verse involucrado en el hecho fatídico, que no maquinó ni quiso.

Ante el tétrico acontecimiento que conturba, que hace brotar  lágrimas y trastorna hasta el tuétano las fibras sensibles del psiquismo de todas las esferas sociales, no es racionalmente correcto contaminar de demagogia populista la administración de justicia, ni ejercer sobre los operadores jurídicos presión ilegal. Tampoco es razonable exacerbar instintos innobles gestados en la matriz anímica del resentimiento y el odio visceral promovidos por  agentes de discordia y de división de clases.

El lacerante episodio antes que suscitar desarticulación en el cuerpo de la sociedad debería aglutinar a sus integrantes y, con espíritu sereno, reflexionar con cordura, morigerar el huracán psicológico post traumático, para dimensionar la tragedia, identificar los factores que la originaron y  entender que se trata de un hecho malhadado inescrutable que no estaba en la comprensión ni en la intención de los que en él  quedaron lamentablemente inmersos. Ningún juicio lógico sobre los elementos fácticos y probatorios que rodearon el fatídico  acaecimiento permite inferir razonablemente la percepción por parte de los sujetos -peatones y conductor- de la probabilidad de la ocurrencia del siniestro; ni puede nadie imputarles,  con prueba objetiva y veraz intención dolosa para provocar el catastrófico resultado. Imposible pensar que los extintos, al invadir en grupo  la vía destinada al tránsito vehicular,  imaginaron y quisieron ocasionar su propia muerte. Tampoco puede atribuirse al conductor haber representado la probabilidad del accidente y querer el letal siniestro.

La convergencia en un escenario físico de los elementos indispensables para la consumación de un hecho tan espeluznante, revela la intervención  del espectro de la fatalidad. Y ante la fatalidad, que desborda la previsión humana y la voluntad de seres dotados de intelecto y moralidad sanos, no cabe el odio, ni el resentimiento,  ni los instintos perversos, ni la calumnia, ni las incitaciones a venganza, ni el pago a testigos, ni el constreñimiento a los servidores de la justicia para que sesguen el sentido de sus decisiones, se aparten  de  la recta aplicación del derecho y de la ley. No tiene cabida la ambición exorbitante de resarcimiento. No es permisible nada que desdiga del respeto por la dignidad de los seres que infortunadamente perecieron y que deben gozar de las bondades del reino de Dios; ni del hombre joven, emprendedor, de Alma noble, buen hijo, esposo, padre de tiernas criaturas,  agobiado por la tribulación de verse inmerso en tan macabro vórtice trágico que  no ideó,  ni quiso, y que  lamenta con la más profunda tristeza el deceso de las personas fallecidas por cuya memoria profesa, sin duda, inextinguible veneración. Y que, desde el lugar de reclusión, le tributa sinceras y respetuosas condolencias a los afligidos padres y familiares de las personas que, para infortunio, perdieron la vida en el accidente.

Ante la triste realidad trágica, Dios asista a los corazones afligidos. Se acrecienta en la conciencia colectiva el respeto por el deber de prudencia. La justicia no se politice, proceda con rectitud, sin prejuicios ni pasiones. Que los espíritus aturdidos por el dolor encuentren bálsamo y luz  en el eximio símbolo de redención y de paz: Jesús crucificado, quien, bebiendo el cáliz de máximo suplicio, antes de expirar abrió sus labios para enviar el sublime mensaje de amor y de perdón.

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