Saltan al ring 

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Los expresidentes en Colombia sufren de una extraña inclinación a enfrascarse en peleas que —más allá de que tengan razones de fondo, como en este caso, muy trascendentales— revelan un peculiar rasgo de su personalidad: no parecen querer quedar por fuera de los titulares de las noticias.

En un país en el que sufrimos casi sesenta años de una dolorosa y sangrienta guerra, el hecho de que tres de los cinco expresidentes vivos se lancen potentes misiles de palabras —con acusaciones de muy grueso calibre— no es el mejor aliento en el propósito de la convivencia. Y esas peleas dejan estupefactos —por no decir asqueados— a los ciudadanos.

Esta vez fueron Ernesto Samper, Andrés Pastrana y Juan Manuel Santos los que saltaron al ring.

La pelea comenzó el 31 de agosto con la explosiva carta que Pastrana sacó de su baúl de recuerdos y presentó en la Comisión de la Verdad. En ella los hermanos Rodríguez Orejuela —capos del Cartel de Cali, condenados en Estados Unidos— afirmaban hace más de veinte años que Samper sí sabía de la financiación de dineros del narcotráfico en su campaña.

Se le abona a Pastrana que haya querido revelar ese documento importante para la historia. Pero también queda en el aire una inquietante pregunta: ¿por qué ocultó esta carta durante veinte años? ¿Por qué no cumplió con el deber de entregar lo que él ahora denomina prueba reina?

Ernesto Samper contestó de inmediato con un trino en el que dice que no le reconoce “ninguna autoridad moral a Pastrana mientras no explique cuáles fueron sus relaciones con el pedófilo Epstein”. Y los Rodríguez Orejuela, desde su prisión en Estados Unidos, indignados salieron a decir que esa carta la habían escrito por un chantaje que les hizo Pastrana cuando era presidente, porque quería utilizarla para callar a Samper y Serpa, quienes lo estaban poniendo contra la pared con los escándalos de Chambacú y Dragacol.

El tema se había quedado ahí. Hasta esta semana, cuando Juan Manuel Santos terció en la pelea. Dijo que Pastrana “se suicidó ante la historia” porque había quedado “peor que Samper chantajeando al Cartel de Cali” para atacar a su adversario. Sobra decir que a un nobel de paz no le queda muy bien subirse al ring a armar camorra.

Pastrana entonces la emprendió también contra Santos, incluso tildándolos a él y a Samper de “hampones”, y remató diciendo: “Tanto su reelección como la presidencia de Ernesto Samper fueron compradas con el mismo modus operandi, en angustiada segunda vuelta con el salvavidas de los dineros ilícitos”.

Se puede estar tentado a criticar a los expresidentes por ponerse a pelear de esa manera dejando por el suelo la dignidad del cargo que alguna vez ostentaron. Por no hablar del grado de odio que expresan quienes, precisamente, se han presentado como los grandes abanderados de la paz en el país.

O se les puede recordar la manida frase de Truman —que Alfonso López Michelsen hizo conocida en Colombia— de que los expresidentes son como “muebles viejos” que solo sirven para ser conservados en el cuarto de San Alejo.

O se puede también compararlos con los expresidentes de Estados Unidos, que brillan porque se retiran de la contienda política y construyen bibliotecas y museos, con su nombre, que funcionan como centros de investigación, para que su legado perdure.

Y sí. Ojalá fuera así en Colombia. Sin embargo, viéndolo de una manera más descarnada, no está tan mal que los expresidentes se saquen los trapitos al sol. Lo que Pastrana, Samper y Santos han sacado a relucir hace pensar que en Colombia no estamos lejos de la popular serie House of Cards, que muestra de una manera muy cruda la manipulación y el uso desproporcionado del poder por parte de un presidente de Estados Unidos.

No es del todo malo qué la sociedad haga un corte de cuentas de lo que ha sido la política colombiana. Si se trata de sacar a flote la verdad: que salga toda. Para que no repitamos ni la guerra ni la corrupción en la política.

*Internacionalista 

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