DIARIO DEL MAGDALENA
Periódico de Santa Marta

¿La vida es sagrada?

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Para la Corte Constitucional no. Para la inmensa mayoría de colombianos sí lo es.

He dado vueltas y vueltas en mi cabeza tratando de meditar sobre algunas preguntas: ¿Qué es lo que tanto estremece de la eutanasia “permitida” por la Corte Constitucional para los enfermos terminales que quieran poner fin a su vida? Y ¿por qué resulta casi temerario escribir sobre el tema?

Lo primero que habría que responder: ¿A quién le pertenece la vida? A Dios, consideramos la mayoría de creyentes. Pero para la Corte y una minoría que arrincona y sataniza las creencias ajenas, la vida le pertenece a ese Tribunal y a cada ciudadano en particular. Y quien se atreva a pensar lo contrario y a expresarlo es menospreciado y ridiculizado, en el menor de los casos.

¿Por qué estremece tanto el caso de la señora que pide la eutanasia por no poder vivir con su enfermedad terminal? Porque el medio lo presentó como una celebración anticipada de la muerte. En forma detallada, casi eufórica, exhibió una vida a punto de apagarse por decisión propia. Fue tanta la vehemencia que temí ver el anuncio de la “exclusividad” en la transmisión en directo del momento final. ¡Gracias a Dios! esa euforia cedió a la sensatez y, en los días siguientes, entrevistaron a otros enfermos de ELA, como Julio Zuluaga quien susurró, casi sin poder hablar: “llénese de motivos para amar la vida, doña Martha”. O don Efrén Salgado, quien dijo con sus ojos: “Antes de querer morir dignamente por favor agoten las posibilidades de vivir dignamente”.

En un país donde hemos visto desfilar, de manera ininterrumpida, la muerte en los noticieros, de las más variadas y aterradoras formas: por actos terroristas, emboscadas, minas antipersonales, secuestro, atraco callejero, venganzas, combates…, el fallo de la Corte horadó aún más adentro de donde la muerte cotidiana lo había logrado. Nos hizo un agujero que nos traspasó, en una sociedad que intenta sobrevivir en medio de la exhibición que hacen algunos de un profundo menosprecio a la vida. Más aún, en una sociedad que intenta heroicamente ganarle la partida a la muerte.

¿Qué alcances tendrá este fallo en una sociedad enferma emocionalmente? ¿Hasta dónde llegarán las interpretaciones sobre uno de sus apartes, que dice: “no se incurre en el delito de homicidio por piedad, cuando… (iii) el paciente padezca un intenso sufrimiento físico o psíquico, proveniente de lesión corporal o enfermedad grave e incurable”. ¿Puede una persona enferma emocionalmente, como producto de una enfermedad física incurable, disponer de su vida?

El que puede lo más, puede lo menos, dicen los juristas. ¿Qué boquete inmenso se abre en un país enfermo de tanto dolor acumulado? ¿Acabamos con el cuerpo de esta nación porque duele mucho? ¿Lo cercenamos?  ¿Abandonamos el aprendizaje de cómo resignificar el sufrimiento? ¿Desistimos? ¿Permitiremos que se contagie como pandemia el recibimiento eufórico de una sentencia que, en nombre de los derechos, nos imponen el “derecho” a disponer de la vida? Queda, así, entronizado el dolor como determinante de la propia existencia y está condicionada a la capacidad de soportarlo.

Si vivir es un juego permanente de contrarios entre la luz y la oscuridad, entre la vida y la muerte, y la vida nunca ha estado exenta de dolor, ¿disponemos del libre albedrio del ser humano para desaparecer? ¿Libertad para disolver en la nada el bien preciado de la vida?

*Periodista*Defensora de DD.HH. 

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